La estrategia política está sustituyendo a la propia política, igual que el argumentario al pensamiento. Hace tiempo que no tenemos ni idea de qué pretenden los partidos en España. ¿Repatriará realmente Vox a los inmigrantes ilegales? ¿Rebajará el PP la presión fiscal? ¿Arreglará el PSOE el problema que tiene con la socialdemocracia? ¿Serían capaces Sumar y Podemos de separarse de un partido que forma parte del IBEX 35? Sólo la duda responde a tales preguntas. El electorado nunca ha sabido por qué los partidos hacen lo que hacen. Tanto es así que ganar las elecciones, incluso convocarlas, se han convertido en formas de engañar al pueblo. Se le engaña antes y después de convocarlas. En eso consiste todo. El pueblo es romántico como doña Inés, y se deja engatusar. No tiene dudas de que llegará un día en que alguien acertará, y le pondrá a una democracia tan sucia como esta los zapatos que creó Disney para Cenicienta. La gente tiene, por supuesto, una opinión política, pero no la cambia aunque vea que hay razones y evidencias para pensar de otra manera. Leemos muchos periódicos, pero todos los días en el mismo orden. Lo mismo pasa con el voto. Es inamovible en España, pese a que sólo podamos elegir a quien queremos que nos decepcione.
La política que tenemos, sobre todo durante las campañas electorales, es una narración imaginativa donde lo que se dice nunca va a cumplirse. Quizá un delito así debería estar tipificado, y penado con periodos de inhabilitación. Habría que reinventar la figura del cesante, pero son los políticos los que hacen las leyes. En un congreso de partido o en un consejo de ministros los políticos ignoran a quienes representan, quizá porque la mayoría de las veces no representan a quienes los han votado. El votante español se comporta como una planta de maíz clavada en un latifundio: los derechos democráticos la riegan, pero da su mazorca al tipo que más falsedades dice. Cualquier candidato es una mezcla de Homero y Pablo Motos: empieza contando grandes cosas, pero termina entrevistando a David Bustamante. De modo que el mejor partido es el que se burla del pueblo, no atrayendo el voto, sino haciendo que la gente vaya a votar. Votar se ha vuelto un enorme acto de voluntad, porque cada vez significa menos. Las ficciones tienen que ser lo bastante gordas para que el votante deje los memes, elija una papeleta y se encamine al colegio electoral para declarar cuál es el chiste que más le ha gustado.
Lo que antes eran trolas a sabiendas, ahora el político se las cree. En el partido lo educan para ir a la tele convencido de que va a cumplir lo que dice, igual que los promotores de boxeo en las presentaciones de los combates. Es lo que decía aquel escritor yanqui: ‘Si no pasas la noche en vela escribiendo, tus lectores tampoco perderán el sueño leyéndote’. La comisión permanente, los nietos, Ceuta, las políticas de coladero, la malversación amnistiada a cambio de cursillos de marquetería, las esfinges previsibles del Tribunal Constitucional… Todo es una impostura que obliga al resto de los partidos a hablar de los votos por correo y a marchar a paso de oca, para demostrar que no son socialistas. Asistimos a una política de teatro de guiñol: hace reír a los chavales, pero al final las elecciones suelen dar como resultado una trastada.
Recuerdo aquella violeta de Forges de «Nosotros, o el caos…»🤣😂 ‘El caos…»😳 contesta el pueblo.
¿Tenemos alternativa a lo de votar, DJ LOWRY…?
Gracias Maestro 🙏
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