Adiós a los sentimientos

La nuestra es una época de saldos. La cultura se ha quedado en gastronomía. La educación -en nombre de la libertad- es una estancia en la cárcel o en el manicomio. O en el balneario. Se puede elegir, siempre que uno tenga posibles. Antes esperábamos muchas cosas, se luchaba porque se creía en el espacio que uno debía ocupar en el mundo. Ahora todo es un ceremonial vacío y repetitivo. Incluso la iglesia, igual que las grandes canciones generacionales, está perdiendo su ubicación mental y, por tanto, su poder. Hasta para tener fe en Dios se precisa un nivel cultural, y eso cuesta demasiado. Todo se vacía, y no tenemos tiempo para llenarlo. Lo que somos ya lo diseñan otros.

A las emociones les está pasando lo mismo. Incapaces de relacionarnos con los demás, incluso para amar, los sentimientos están empezando a ser inservibles, en realidad lastres. Seguimos profetizando el fin del humanismo, pero resulta que ese final hace tiempo que lo hemos dejado atrás. Teníamos sentimientos antes de escuchar noticias a todas horas, de emitir votos útiles en las elecciones, de leer sólo los libros más vendidos. Ahora hemos de buscar los rescoldos de esas emociones en los triunfos de la Selección Española de Fútbol, o en el odio que expresamos en Facebook a las mismas cosas o las mismas personas. Lo inalcanzable es lo que nos une, lo único común que podemos compartir, lo que otros consiguen, aunque sea ganar el Mundial de Fútbol.

            El yo ha desaparecido, también el nosotros. Únicamente lo mantenemos en el encabezamiento de las cuentas corrientes. Antes la gente se enamoraba, y hasta lo confesaba sin utilizar WhatsApp. Antes los jóvenes se besaban en los parques, en lugar de mirar el móvil. Teníamos amigos con los que hablar de cosas profundas, incluso mientras comíamos. Ahora comemos como si lo profundo fuera eso: comer, un placer en el que nuestra mente no participa, sólo nuestro estómago. Sin duda, los sentimientos siguen existiendo, igual que las cosas profundas, pero ya no tienen importancia. Se posponen, se dejan para momentos que nunca llegarán. El amor sigue ocurriendo, pero da la impresión de que es la carne la que lo comprende, o lo disfruta, no la mente, que siempre había recurrido a la poesía para sacar de él el misterio que contenía. Ese misterio parece haberse perdido. La clave de todo este cambio está, de nuevo, en la falta de tiempo para convertir los sentimientos en estados que no necesiten una medicación. Tomamos antidepresivos porque los problemas no coinciden con las soluciones.

            También las palabras están perdiendo su espíritu. Las aprendemos, pero sin unirlas a sus significados. Tal es la explicación de lo que ocurre. Ni siquiera nos parece una pérdida, sino algo que no podemos conseguir, igual que la reserva en un restaurante donde todo el mundo va con trajes de Prada. No existen sentimientos sin palabras, y las palabras se poseen mediante lo único que no tenemos: soledad. Empezamos a ver en un tipo leyendo un libro al viejo alquimista loco que quería convertir el plomo en oro. Pensamos con lo inmediato. La lentitud y el silencio no entran ya en nuestra sensibilidad, así que nos hemos amputado la sensibilidad, que es un ojo que no acepta imágenes. Finalmente, tampoco somos capaces de poner en práctica aquel consejo que nos dio John Lennon en ‘Watching the wheels’: ‘No veamos los problemas, sólo las soluciones’.

Publicado en el diario HOY el 18 de julio de 2026

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