Ahora que llevamos, desde que comenzó el verano, una especie de vida involuntaria, elegida en plataformas que quizá ni pertenezcan a este mundo, nos damos cuenta de hasta qué punto estamos lejos de lo que ocurre. Lo miramos todo por un telescopio, o con gafas de eclipse ante los ojos. Irán, Ucrania, el Monopoly de Gaza, el gran engaño del FMI, la gran estafa de las bolsas, el petróleo y sus trileros, el mundo telúrico de Trump, el vendaval del turismo, en el que hay que ser cosmopolitas por cojones. El hombre normal ha perdido la butaca en la que se acomodaba para mirar el teatro del mundo. Ahora está demasiado lejos del escenario. Todo ocurre en la lejanía. Contemplamos una farsa para invidentes y, por tanto, incomprensible. Durante los últimos treinta años, la normalidad de los que leemos libros que tienen que ver con la existencia real somos, igual que los personajes de Buero, presos que cumplen penas, no sujetos becados por una fundación. Hemos rebasado la línea que separa el tiempo que nos lleva a la esperanza del que nos mantiene en el corredor de la muerte.
Lo global ha invadido poco a poco nuestros países, nuestros estados de ánimo, ha envenenado los manantiales en que bebíamos y los ha convertido en mundos sólo atribuidos. Compre Júpiter, decía Isaac Asimov. Algo así está ocurriendo en estos tiempos donde se vive a fuerza de especular y alojarse en casas que nunca poseemos. Estamos mucho más preocupados por mantener una posición que por que nos comprendan. De hecho, miramos nuestra vida como un conjunto de hechos que han llevado la desgracia a otros. Las migraciones, los incendios. Sólo somos testigos espantados de lo que el mundo nos hace. Ese distanciamiento que ha creado la televisión, la IA, la inutilidad de votar en las elecciones y la irrupción de una cultura que no dice nada nos ha vuelto títeres con personalidad, aunque siempre supuesta. En aquella encrucijada en que pudimos haber optado por la Hansa o por los bosques de los hermanos Grimm, tomamos el camino de la obediencia. Pervive aún en nuestras sociedades la desobediencia civil, pero le han arrebatado el sentido, igual que se lo han arrebatado a todas las mayorías. La política, el dinero salta por encima de ellas. Las ignora, como las tormentas a los grillos del campo.
Así que el hombre individual ya es sólo un individuo. El Maserati que le envidiamos a Cristiano Ronaldo es nuestro fantasma de las navidades futuras. Todas las noches, ese fantasma nos lleva por un mundo que jamás poseeremos, usando los programas para imbéciles que proponen la televisión oficial y el resto de las televisiones, Hollywood y el resto de holdings, el reggaetón y el resto de las marchas fúnebres. La impresión es esa: que todo ocurre en un lugar inalcanzable, sin ubicación, manejado por manos que no vemos, igual que las que realizaban los trucos de cartas cuando éramos niños. Volvemos a la mitología. Deus ex machina. Ahora el Olimpo está en Silicon Valley, y Mercurio es un algoritmo. Ahora Zeus es un cadáver sometido a plastinación y colocado en el hall de Wall Street. El mundo ya no necesita al hombre. Se mueve con una libertad que esconde ruedas y raíles, como las moñas de un reloj. Los ricachones que parecen tocados por la mano de la fortuna viven en pudrideros, y los pobres que se sientan en la mesa redonda de la desgracia miran los lejanos teatros donde se representa a Shakespeare, pero ya no lo comprenden. Shakespeare no pertenece a la educación que recibieron, porque deprime. El único consuelo de los desharrapados será siempre pagar impuestos.