Es inevitable que el teatro evolucione, aunque se represente en un lugar como el Teatro Romano de Mérida, simbólico en casi todos los sentidos. El teatro en un lugar así, con tres mil espectadores que ocupan sus gradas noche a noche durante mes y medio, mueve mucho dinero. La industria cultural, esa que cada vez es más industria y menos cultura, ha tendido en los últimos años a repetir en el escenario lo que ocurre en los platós de televisión. Es decir, ha acostumbrado a un público, que iría al teatro en cualquier circunstancia, a no ver las diferencias entre lo que se cuenta en un escenario bimilenario y en un estrado montado para cinco horas y convertido después en trastero. Los contenidos, presumiblemente, son distintos, pero la televisión encasilla tanto al actor que es ya imposible ver, encarnando a Ulises, a Orestes o a Medea, a alguien que hace los chascarrillos en ‘Aquí no hay quien viva’. Por desgracia, el actor de la televisión actual sólo tiene una cara, y esto sin duda lo perjudica, y también a ese público que va al teatro únicamente a comprobar si existe tal chico o chica que sale en ‘La casa de papel’, por poner un ejemplo, porque eso le impide asistir al teatro por otras razones. El teatro comercial -el de las productoras que copan actualmente el Festival de Teatro Clásico de Mérida- es aquel que existe porque el actor tiene que comer, y el público tiene que pagar por presenciar esa necesidad.
¿Han hecho estos cambios que el teatro haya perdido su esencia? No, pero ha perdido su categoría. Cuando Rodero venía a Mérida a representar Calígula daba la impresión de que el público escuchaba a Camus, no a Rodero, aunque también Rodero saliese en televisión. El público, con los montajes actuales, ha tenido que sacrificar lo profundo del teatro a lo superficial de la televisión. La Organización del Festival debería dar con la entrada un mando a distancia, para que la gente comprobara que el teatro podría mantener su significado si el espectador, desde que Esquilo empezó a escribir y Nietzsche descubrió dónde estaba el origen de la tragedia, buscara respuestas a las preguntas que tiene en la cabeza. Sin embargo, los problemas del teatro actual, incluido el que se representa en Mérida, no son los actores ni el público. Ambos hacen lo que se les dice. El problema es el dinero. Hace poco leí una vieja entrevista a Buero Vallejo en la que decía que ‘las empresas privadas siempre ponen trabas al teatro renovador’. Ahora ocurre lo contrario: se estira tanto la posibilidad de que el público sólo vea nuevas versiones de las obras clásicas, que se desvirtúa el texto original, hasta convertirlo en teatro televisado, en simple espectáculo. Asistimos a un eterno ‘reloaded’ del teatro, hecho por Sísifo, cuya roca rueda siempre hacia la caja registradora.
Cuando he asistido, durante los últimos años, a alguna representación en Mérida, he tenido antes que renunciar a mis ideas preconcebidas. Me resulta extraño que no se vendan palomitas, y que a mitad de la representación no aparezcan Trancas y Barrancas en el proscenio. Ya hasta Antígona parece echarse los perfumes de De la Reina. Pese a todo, el teatro sigue triunfando cada noche. Cuando la explosión de aplausos remueve el cielo al final de la obra, siempre tengo un sentimiento nostálgico pero irreprimible. Pienso: ‘La televisión ya no es lo que era’.
Publicado en el diario HOY el 1 de agosto de 2026