Parece ya evidente que la única vacuna contra el capitalismo será el fin del mundo. Quizá no haya que esperar demasiado, sobre todo si la ambición resulta ser lo que mejor representa al espíritu humano. Seamos ricos o pobres, creamos en la justicia o no, el capitalismo es el único marco moral, la única patria en la que si tus padres no van a legarte nada, tienes que trepar por ti mismo hasta lo más alto de la tarta de la perversión, y convertirte en la guinda. Nada está penado, si dejas en paz a los que lo tienen todo. El capital mide todas las cosas, incluida la distancia que les sacamos, sea de la forma que sea, a los que están por debajo de nosotros. El dinero ha sabido sortear todas las revoluciones, todos los sueños de igualdad o repartos de dignidad. Y no sólo sortearlos, sino ponerlos de su parte, de forma que ahora los verdaderos derechos son como esos sombreros que las damas inglesas llevan a Ascot, y que sólo pueden comprarse con el dinero que ganan los millonarios cuando no hacen nada. Da la impresión de que únicamente los que se reparten el mundo pertenecen a él. Los demás sólo lo presenciamos desde nuestra reclusión. El gran invento de la economía en la que vivimos es el campo de concentración, es decir, los grandes almacenes.
No hay debate, no hay opiniones. Sólo publicidad. Como muestra, el otro día un exempleado de Anthropic, Jacob Coxon, profetizó que la IA podría matarnos a todos antes de que acabe la década. No sólo eso, a tenor de las palabras de Coxon, Sam Altman, otro multimillonario amigo de Trump, añadió que aunque “el mundo hace bien en tener miedo” es necesario que confiemos en ellos, en los multimillonarios amigos de Trump, porque son “conscientes de la magnitud de todo esto”. Es sólo publicidad para ampliar márgenes de beneficio. La IA puede ser letal, pero sobre todo es rentable. Sean emprendedores: inviertan en el Apocalipsis. Incluso han propuesto un freno al desarrollo de la misma. Más publicidad. Quizá Altman no sepa lo que han hecho sus algoritmos, y tema que la batidora programable que tiene en la cocina se coma su nariz mientras hace el gazpacho.
El giro que ha dado la civilización en favor de los poderosos, esos Moisés bajando del Sinaí con las pantallas de la ley, y también de sus IAs, capaces de redactar en una millonésima de segundo una tesis que pruebe irrefutablemente que los ricos también lloran, está convirtiendo cualquier actitud personal en la estupidez de un consumidor. Para esta gente el mundo nunca es suficiente, y la eternidad empieza a parecer una minucia. No basta con ganar dinero. El nuevo gravamen del feudalismo tecnológico es modelar conciencias igual que se extraía información a los presos en la Lubianka de Stalin: eliminando el reposo y convenciéndolos, como ocurrió en los Procesos de Moscú, de que los propios revolucionarios eran un obstáculo para la revolución. Ahora sólo existe quien consume. No hay otro camino vital que pensar en masa, y enfrentarse con una ceguera de masa a la gente que piensa individualmente. Hallamos las mismas diez cabezas, incluida la de Altman, en todos los periódicos, televisiones y buscadores de internet. Vuelvo a recomendar la disidencia y, sobre todo, no comprar lo que no sea necesario. El exceso atonta y aliena, como los parches de Fentanilo.
Fantástico artículo, magistral. 👌
Gracias DJ LOWRY. 🙏
Es chocante, pero coincidimos en cierta forma…
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🙄🎵🎶 Compra aquí y compra allá/ maquíllate, maquíllate/ Un espejo de cristal, y mírate, y mírate…/ Sombra aquí y sombra allá/ y mírate, y mírate…🎵🎶😳
👇👇👇👇👇 🙏
Perdón por el mal gusto…🙏
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