Partiendo de la nada

En la Ilíada se decía que los fenicios eran la gente más fiable, porque se sabía que siempre mentían. Es lo que ocurre con el informe PISA: puede que sea una patraña, pero es la misma para todos. Los resultados extraídos de las pruebas de matemáticas, ciencias y comprensión lectora nos llevan a la cola del mundo. Educativamente no existimos. Un niño español de 14 años no sabe quién fue Pericles, y si le preguntas por Quevedo te dice que es un tío que canta. Usa la IA para que le haga los trabajos de clase, pero pronto no será capaz de comprender lo que la IA le dice. Pese a ello, la llamada revolución tecnológica no es la culpable de lo que ocurre educativamente en España. La culpable es la política que la  aceptó y la metió en las aulas. No se puede ser moderno sin dejar de ser sabio. Al parecer, nadie entiende que lo que han montado Altman, Musk o Huang no es más que una cárcel panóptica. Nos controlan y, además, lo celebramos. No tenemos nada que ocultar, ni siquiera nuestra imbecilidad.

             La educación ya no transmite conocimientos, sino una felicidad obligatoria, conectada a todo, de la que hay que hablar en plataformas donde todo el mundo miente. Ahora sólo suspende quien no es feliz. Desde el 92, los dos partidos mayoritarios han optado por hacer imposible la existencia de aulas tranquilas, disciplinadas y silenciosas. El alumnado tiene todos los derechos, excepto el de aprender. La verdadera democracia es aquella en la que los votos los depositan en la urna gente que no ha leído un solo libro. La política prefiere no ocuparse de la educación. Es un trabajo demasiado complicado para gente que no ve la importancia de fraguar alumnos con carácter. Es mejor dejárselo a la iglesia, al fondo de inversión, al ‘holding’ o al maquillaje de las estadísticas. Tenemos una educación insostenible, porque nadie la concibe como algo que pertenezca al futuro. El problema de este país, repito, no es la educación. Es la clase política. Ahora se pretende que en el curso que comienza se lea más. ¿Leer qué? ¿Lo que se publica actualmente? Eso no es leer, es ponerse una venda en los ojos. Los grandes libros ya no los entienden los que cursan estudios, gracias a la educación recibida.

            El sistema educativo actual recuerda aquella devastadora película de Brett Leonard, ‘El cortador de césped’, en la que un ingeniero informático experimenta con un discapacitado mental y lo convierte en un monstruo ansioso de poseer, mediante la realidad virtual, el mundo entero. Creo que fue una película profética. Los políticos son los únicos que no la ven así. Ignoran todo sobre la enseñanza, y son demasiado soberbios para dejar que les aconsejen. Los únicos consejos que escuchan son los de sus iguales: la Conferencia Episcopal, el plan Bolonia, el ideario de la oposición o el ‘sursum corda’. El mejor sistema educativo que hemos tenido, el de Villar Palasí, se lo cargó la democracia, quizá porque se exigía a los alumnos una formación que excedía la que se necesitaba para ser político. Comparado con lo que hicieron Solana, Rubalcaba y Marchesi, ahora hasta me parece correcta la ley Wert, pese a que me manifesté contra ella. Cualquier cosa, menos el infantilismo impune que sufrimos. Como dijo Groucho Marx: partiendo de la nada, hemos llegado a las más altas cotas de la miseria.

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