Una de las críticas más acerbas del militarismo yanki la hizo, sin saberlo, el escritor norteamericano de ciencia ficción Robert A. Heinlein, en un libro que se ha convertido en clásico, y también en una enorme parodia: ‘Starship Trooppers’ (Las brigadas del espacio). Heinlein retrató en esta novela una sociedad fascista, donde la libertad no era necesaria. Para él, eso era lo mejor que los EE.UU. debían ofrecer al mundo, si querían seguir siendo el país que lo salvara del comunismo, que no era más que un fascismo diferente. En 1997 el director Paul Verhoeven aclaró, en su versión cinematográfica de la novela, que todas las ideas de Heinlein, empezando por la que consideraba a las razas humanas como pertenecientes a géneros distintos, nos devolvían al Pleistoceno. Los enemigos de Trump son bichos, insectos gigantescos que hay que aniquilar, tal como aparecen en la citada novela. Es lo que se supone que el presidente norteamericano piensa de los inmigrantes, los iraníes y también, últimamente, sobre los españoles. Volvemos a una política del tiempo en que los mamuts y los dientes de sable poblaban las llanuras y las selvas. Cualquier política ha de ejercerse por la fuerza. Ha de ser una defensa, o una cacería. Ese militarismo ha estado presente en la sociedad americana y, sobre todo, en Hollywood, desde que William Randolph Hearst, el mandarín de la prensa amarilla, le dijo a su fotógrafo en La Habana, antes de que el hundimiento del USS Maine provocase la guerra hispano-estadounidense: ‘Usted mándeme imágenes, yo proporcionaré la guerra’.
Trump ha dicho lo mismo que Hearst: ‘Al diablo con España’. La propia posición internacional de los EE.UU. está montada en el militarismo. Maverick, el soldado Ryan, Oppenheimer, la teniente O’Neil, el coronel Kurtz con la cara de Marlon Brando, todo en el cine americano es militarista, o está impregnado de una tensión consistente en que el hombre estadounidense, igual que antaño el ‘Homo sovieticus’, ha de estar prevenido, mantener una atención suspicaz y tensa ante el hecho de que el resto del mundo pueda aspirar a más de lo que debería. También la economía estadounidense es militarista. No ansía mercados: los conquista. No pretende una superioridad global, sino terrorífica. Trump, a medida que se acercan las elecciones de noviembre, se va pareciendo a los personajes de ‘¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú’. El partido demócrata ha dejado de existir, la Costa Este también. En el fondo China, su único y actual oponente, es un King Kong encaramado en el Empire State y acribillado por la aviación. De eso se trata, de tener un ejército, y también una mentalidad civil, que estén dispuestos a ser guiados por alguien que lo único que posee es dinero. Ese es el voto que hay que depositar en las urnas.
Volvemos, por tanto, a la Edad de Hielo, a un mundo lleno de mamuts: China, Rusia, Netanyahu, Corea del Norte, Musk, Netflix, Google, Bad Bunny o el consumidor que nace para confundir valor y precio. Un mundo donde el diálogo no lleva a ninguna parte, porque es demasiado complicado. La política es igualmente inservible, igual que son inservibles las apariencias. Las apariencias alargan el camino hacia lo que se persigue: un mundo donde la jerarquización basada en el poder lo ponga todo en su lugar, y los derechos se disfruten, pero no se tengan. Un mundo donde el ocio ahogue y paralice la imaginación.
Publicado en el diario HOY el 11 de julio de 2026
Genial 👍
Gracias DJ LOWRY 🙏
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Al margen de las películas que has colado entre las líneas de tu texto, todas memorables y dignas de verlas veces por diferentes razones, lo triste del «trumpismo» es que está tan bien diseñado y es tan estratégicamente influyente que ha hecho correr más tinta por su injerencia en la tarjeta roja del jugador de fútbol norteamericano que, irónicamente, sobre las aperturas y cierres del estrecho de Ormuz y sus consiguientes fluctuaciones del precio de los combustibles, lo que sin duda estará haciendo más «muchimillonarios» a algunos. La progresiva idiotez del personal sigue dando sus frutos.
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