Idealismos de salvapantalla

En el último cuarto de siglo ha habido muchos terremotos, y no todos geológicos. Lo ocurrido en Venezuela sólo es una toma de conciencia de lo poco preparados que estamos para morir o presenciar que otros mueran. Hemos sido desposeídos de aquella antigua disposición para dejar de ser lo que somos que tenían nuestros abuelos y bisabuelos. Recientemente, en Europa ha habido bastantes catástrofes en las que no hemos reparado: el fin de la educación y, como resultado, también el fin la libertad. Hemos renunciado a cualquier idealismo. El idealismo, ahora, es como un salvapantalla con la imagen de Pikachu o de un glaciar de Islandia al que habrá que ir cuando cobremos la extra. La dignidad nunca aparece en las fotografías, decía Bob Dylan. Los idealismos tampoco. Y es lo único que ya vemos: fotografías.

Las imágenes llegadas de Venezuela han sido las de los salvamentos, las de gente extraída milagrosamente de debajo de los cascotes por los voluntarios. No obstante, una de las más estremecedoras muestra a un perrillo medio sepultado bebiendo agua de una botella, antes de ser finalmente sacado de la tierra. Ese rescate, junto a otros, representa nuestros sentimientos, nuestro deseo y nuestra voluntad. Por los muertos no podemos hacer nada, se hallan tras una puerta que es preferible no abrir. Morir está prohibido. Desastres como este terremoto nos obligan a contemplar lo importante. Nos dejan -inermes, claro está- en un lugar desconocido donde la depresión y la ansiedad ya no son las nuestras, donde la publicidad y el dinero no existen, donde estamos, por primera vez, acompañados por todos los demás, que es algo que nunca pasa en Facebook. En las sociedades llamadas desarrolladas sólo se crean multitudes en torno a aquello que tiene que ver con el dinero. Gastar es la única comunión en la que participamos. Ahora, e inopinadamente, también morir.

Otros cataclismos, los que crea la IA, tampoco los hemos previsto: el vaciamiento de todo lo que era reflexión, cultura, la desposesión de nuestro tiempo propio, del que ya no disponemos, y la paulatina dependencia de medicinas que establecen nuestro equilibrio, o nuestra llamada salud mental. Poco a poco la muerte ha dejado de igualar todas las cosas, ahora es la ignorancia y, en muchos casos, la indiferencia las que las igualan. El último premio Nobel de literatura, el húngaro Lázsló Krasznahorkai, declaró recientemente que ‘la literatura tal como la conocíamos dejará muy pronto de existir’, y no porque esté evolucionando, sino porque está desapareciendo. La desaparición de todo lo complejo es el único proyecto de futuro de los que dirigen el mundo, un futuro sin imaginación. ¿Somos capaces de comprender lo que ocurre con la muerte en Venezuela? ¿Capaces de ocupar el lugar del doctor Rieux en ‘La peste’? Esa capacidad que nos daba la literatura se pierde si tenemos el móvil en las manos a todas horas. Miramos las imágenes de Venezuela, sí, pero por causa de la acumulación con que llenan nuestras vidas hemos dejado de sumarnos a ellas. A la persona con sensibilidad le quedan pocos reductos. La soledad, el silencio, también el ostracismo. Cuando el último libro se convierta en polvo, los viajes que iniciaremos sólo serán los de piezas por el camino que les ha sido marcado, los viajes de eslabones de una cadena de bicicleta entre el piñón y el plato. El mundo de Skynet. ¿Lo recuerdan? Un mundo donde nadie piensa. Únicamente mira.

Publicado en el diario HOY el 4 de julio de 2026

Un comentario sobre “Idealismos de salvapantalla

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  1. Excelente introducción para seguir dando palos a la paulatina desaparición de nuestra cultura literaria que sólo dejará, cual puebos amazónicos aislados, unos reductos simbólicos, y finalizar con una efímera herencia, la de Skynet. Apocalíptico, pero posible, cada vez más.

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