En los años 30, Benjamin ya pronosticó que el hombre estaba preparándose para prescindir de la cultura. Con la actual escalada de neoliberalismo, donde la cultura no puede ofrecer calidad, porque la calidad no es mayoritaria ni vende, la educación también sobra. La política, desde inicios de los 90, ha sido la encargada, en España, de cerrar esa puerta. Y es lo que ha estado haciendo, mediante un proceso que ha despojado al profesor de autoridad, a la escuela de su carácter de lugar de encuentro y al alumno de su obligación de aprender. El profesor es ahora un vigilante jurado, el recinto educativo un lugar donde nadie puede librarse de ser perseguido y acosado, y el alumno una persona a la que ya no le interesa formarse. El conocimiento ha llegado a significar menos que nada, por eso ha irrumpido en el sistema educativo la figura del psicólogo, que se dedica actualmente a poner nombre científico a cada una de las carencias, indolencias, inapetencias e incurias que las redes sociales inducen en el niño, y que a menudo sus padres refuerzan, porque pagan impuestos para que pedagogos y psicólogos hagan lo que ellos deberían haber hecho desde que, a los tres años, le regalaron un teléfono móvil y le descargaron el pollito Pío-Pío, para que lo viera en bucle. ‘Pedagogos pasan, al infierno vamos’, decía Ferlosio.
Cualquier maestro de escuela solucionaría el fracaso de la educación en España. El problema es que tienen que hacerlo los políticos, y los políticos, al menos los de esta democracia, nunca piensan en la educación cuando perpetran leyes educativas, igual que no piensan en los que no tienen donde vivir, cuando hacen leyes de la vivienda. Es más cómodo medicar a los adolescentes que darles refugios en los que tengan tiempo para descubrir quiénes son, o elegir qué quieren ser. Libros importantes, canciones importantes, un conveniente aburrimiento, tiempo libre, desconexión de la estulticia general, que normalmente es la que fomentan los de siempre. ¿Más soluciones? Salir de las pantallas, porque si no los que van a tener oportunidades serán los hijos de los poderosos, los que tienen prohibidos los ‘smartphones’. Además, el que no quiera estudiar no tiene por qué hacerlo, y el que quiera hacerlo debe tener las condiciones necesarias.
La educación, que pasó a depender del poder adquisitivo con el Plan Bolonia, está volviéndose inútil en los niveles más bajos. Hemos creado un mundo de hiperactivos, de alumnos con imposibilidad de mantener la atención, sin tiempo para aislarse del mundo y leer cosas grandes. La educación actual está fraguando, en realidad, fanáticos. El pensamiento único nos condena a tener la misma opinión que todos los demás. Qué aburrimiento. La enseñanza ya no tiene el poder de sustraerse a esto. Entonces, ¿para qué educar? Educar es una ilusión ya superflua en esta sociedad. Ni siquiera debería constituir una función pública. Los educadores están abandonando el sistema, los chicos igual. No lo soportan. Hay cosas más importantes y atractivas. Para votar, recibir una subvención, heredar un piso o vivir bajo un puente no se precisa cultura. ¿Cambiar el mundo, entonces? Eso que lo hagan la IA, Trump e Israel. Las democracias nos proporcionan una bonita vida de perros: un jergón, pitanza diaria, veterinario y dos o tres paseos al día. Hemos cambiado la información por entretenimiento. La información ya no contiene la verdad. ¿Y qué? La verdad aburre soberanamente.
Publicado en el diario HOY el 9 de mayo de 2026
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