Utopía

Sobran razones para pensar que esta democracia está llegando a cumplir sus expectativas. La esperanza no tiene, por fin, nada que envidiar a esta pelea de perros que llamamos política, ni ha de diferenciarse de ella. Era el sueño de la transición y al fin se consigue. La sanidad y la educación no funcionan, ni siquiera en Madrid, donde todo es privado, o debería serlo. Empezamos a hacernos preguntas esenciales: ¿Vamos a permitir que los inmigrantes nos recojan en camiones, de madrugada, para soltarnos en el banco de alimentos? ¿Les vamos a dar a ellos las subvenciones? Ni siquiera los españoles las tenemos, al menos se ha conseguido esa sombra de igualdad. No es el café para todos, sino la nada para todos. Lo importante es el todos. La economía tampoco funciona, a menos que sea la de los potentados. Sólo la macro eleva convenientemente el PIB del país. Es como ir al Museo Arqueológico a ver las monedas de oro, sabiendo que en realidad pertenecen a quien tenga una radial y una moto. Ahora sufrimos el aumento del precio de los combustibles. La culpa no la tiene Trump, sino las compañías energéticas. Hemos llegado a ese modelo económico en que la inflación la crean los balances de resultados, puesto que no existen inspecciones para ver si las gasolineras dan el combustible que cobran. El mismo fenómeno permite que los bancos estén exentos de tener libros de reclamaciones y, pese a que los ricos también lloran, la desigualdad la sufren siempre los Carpantas. Se llama progreso.

            La justicia quizá funcione, pero nadie cree en ella. La amnesia no se castiga en los tribunales. Los viejos entran impunes en ellos y salen igual de impunes. Los corruptos se ríen en la Audiencia Nacional, y también en el Supremo. Las víctimas de los trenes son como fantasmas de Canterville, cuyas cadenas suenan en los altos del Parlamento. La gente no tiene dinero para comprar una vivienda, ni siquiera para alquilarla, que es como no tenerlo para comprar la comida que después vas a tener que vomitar. Vivimos en un país de hambrientos que se comportan como bulímicos. El gobierno actual caerá, sin duda. Después habrá otro simulacro de comicios en que saldrá alguien a quien la política le importe lo mismo. En España ya no se hace política. Se hacen chirigotas. Y nada, en el Congreso de los Diputados, nos induce a pensar que la Guerra Civil ha terminado.

La investigación sobre el apagón es una tiniebla en la que nadie enciende un farol. Este país no tiene solución. Vuelven las persecuciones y el acoso en las calles. Vuelve la ‘Marcha sobre Roma’. Mientras tanto, cada español es un monumento a la paciencia, un creador de memes, un don Tancredo, un tipo que sólo ve la luz si el Real Madrid gana la Champion. Tomás Moro, Platón y Campanella nos dieron el modelo de una sociedad justa, y estamos luchando por que todos tengamos viviendas, por tener una democracia donde no haya esclavos, por que exista libertad religiosa, no nacionalcatolicismo, por que lo más importante sea el beneficio de la comunidad. Al fin, los ricos pagarán lo que les corresponde para sostener los servicios públicos. Sanidad y educación. En educación empezamos con las patrañas de Marchesi y Solana, y hemos llegado a Esperanza, una exconvicta que da clases en un colegio público. ¿Acaso el planteamiento no lleva a las consecuencias? Pues eso.

Publicado en el diario HOY el 2 de mayo de 2026

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