Fascismo ‘reloaded’

Viendo la forma en que los jóvenes vuelven a cantar el ‘Cara al sol’ en España, como si supieran quién fue Franco, recuerdo las palabras de un escritor equivocado al que admiro, Pierre Drieu La Rochelle, colaboracionista de los nazis en París: ‘Intentad asistir a un congreso socialista y observad a todas esas barbas, esos vientres, el humo del tabaco, la ansiosa espera de la hora del aperitivo’. La aparición del fascismo es, otra vez, la respuesta a una decadencia, y esa respuesta se funda en la necesidad de poner al grupo por encima del individuo y de que la fuerza elimine a la inteligencia, porque la inteligencia, la que llega a la política, sólo sirve a los intereses de quienes están en el poder. En España han llegado al poder muy pocos políticos que hayan intentado mejorar la vida de la mayoría. El fascismo resurge porque no existe ya un pensamiento en el que echar raíces, ni tampoco un futuro. Es el resultado de una educación sin ilusión, curiosidad, cultura, criterio ni valentía. ¿Es que acaso la aparición de esta ultraderecha, parecida al fantasma del Comendador, sorprende a alguien? La política española la ha estado gestando durante cincuenta años, y todavía hoy la utiliza como estrategia electoral.

Vuelven las cargas policiales contra la simple pretensión de mejorar la enseñanza. En la Puerta del Sol se enfrentan los que no tienen casa con los que, al menos, van a heredarla. No se necesita cruzar un solo argumento. Tampoco en el Parlamento. Ahora las banderas son suficientes. Quien las porta no necesita decir nada. El fascismo es hiperactivo: hagamos algo, aunque sea volver al franquismo, pero hagámoslo ya. No se trata, como en el caso de La Rochelle, de una crítica a la decadencia de la civilización. Aquí no tenemos el silencio suficiente para apreciar ese concepto. Se trata de una crítica al problema de la política, que ha envenenado todas las fuentes de la vida. Lo malo del fascismo es que le ha dado por ser tradicionalista: se pone de parte del capital, de la iglesia, del ejército, de los apellidos inapelables. El fascismo es un estado carencial. Su afán de jerarquizar es lo más parecido al de un estado comunista: la misma economía (no hay pensiones para nadie, ni ayudas sociales) y las mismas cárceles. No existen Max Planck, ni Martin Luther King, ni Giordano Bruno. José Antonio los sustituye a todos.

Esta vuelta atrás representa para muchos la única posibilidad de salir de una situación política irrespirable. No hay que repartir la riqueza, hay que acumularla en las manos de siempre. En Extremadura se ha perdonado a Iberdrola 150 millones de euros que podrían haber creado una nueva sanidad, otra educación y otra justicia. Los ricos siguen ganando. En realidad, el fascismo va contra el equilibrio, y está utilizando la crispación política para que todo siga como antes, puesto que si algo ha caracterizado a la política de los últimos ocho años ha sido lo mismo: que todo siga igual. Que los ricos siempre ganen, la educación vaya bajo palio y las ideas resuciten a las oligarquías. Los próximos comicios nos obligan a elegir entre dos opciones que no son excluyentes: vivir con la peor versión de la democracia, o vivir sin democracia. Quizá haya que traer los aparatos de ‘Poltergeist’ y hacer psicofonías en Cuelgamuros y el cementerio de Mingorrubio. Porque alguien tendrá que proponer una solución.

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