Lo que ocultan los eclipses

El pasado 12 de agosto todo el mundo salió a la calle, y algunos hasta se quedaron ciegos, como el Peeping Tom de Lady Godiva. Todos fuimos unos mirones, aunque sospecho que lo que creó esas multitudes no fue el Sol, o la Luna, sino nuestra creciente necesidad, desde que se inauguró el siglo XXI, de engrosar gentíos que cada vez piensan menos y sienten más. Las multitudes que hubo en los descampados, a orillas de los ríos o en puentes colgantes fueron las mismas que aparecen en las redes sociales. El Sol sólo fue un pretexto. Lo que realmente importa ahora es hacer lo que todo el mundo hace, sin apartarse una pizca. Nos hemos vuelto gregarios, imitadores de lo que otros inician, porque es ahí donde se funda la personalidad propia, en los sambódromos, en las coreografías de Tik Tok. Esa paulatina metamorfosis hacia la vacuidad igualitaria se inauguró con los derechos, después con los bailes para memos de las redes, y ha terminado en un deber disfrazado de ocio. Lo que nos diferencia y nos define a cada uno es como el libre albedrío: debería existir, pero no existe.

            Recuerdo que la última vez que pasó el cometa Halley, en 1986, ni siquiera salí a la calle. Me pasé aquellos días estudiando y escribiendo. Tuve noticias de que se acercaba, pero ni siquiera vi las imágenes telescópicas que sacaba la televisión. No volverá a pasar hasta 2061. Ya no lo veré, una pena, porque me interesa sobremanera el cosmos, pero también observé, en aquella época, que la gente tenía otras cosas en la cabeza: el ámbito de lo propio era tan importante que uno sólo miraba a los otros si había que hablar, compartir experiencias o comparar los modelos de sociedad, o de la literatura que uno tenía en la cabeza. El Halley no era lo importante, y menos el espectáculo colectivo que llevaba a la calle a gente con prismáticos para ver una roca que pasaba cada setenta y seis años. No necesitábamos ese cachondeo profuso y mudo que, viendo la Luna delante del Sol, nos separa de los que tenemos al lado. Presenciar el eclipse, el otro día, fue lo más parecido a disfrutar de una paella multitudinaria y gratis en la plaza del pueblo. Fuimos a comer, no a hablar, ni siquiera a hablar de la comida.

            En realidad, el eclipse fue de Tierra: el dios Apolo, durante unos minutos, y gracias a la Luna, dejó de ver la estupidez que gobierna la Tierra, nuestro cansancio, nuestra incapacidad de colocar por encima de los grandes intereses, es decir, los económicos, el bienestar de la mayoría. Demasiadas guerras para el siglo que vivimos, demasiadas multitudes sin pensamiento crítico y demasiados genocidas surgidos de las democracias. Todo es aparente, desde la obligación de los gobiernos a educar a sus ciudadanos a la necesidad de estos ciudadanos de recibir educación. Fuimos a ver el eclipse porque nos lo dijo la televisión. El eclipse fue, otra vez, un reclamo para no pensar en otras muchas cosas. Igual que el Mundial de Fútbol. La gente cada vez parece más ávida de olvido, y lo único que lo origina es el ocio, la ruptura de la rutina, porque la rutina siempre es estresante.

            Todo lo que nos estresa es artificial. No podemos salir de ahí, ni siquiera a través de la medicación. Sólo podemos salir pagando dinero. También la igualdad es falsa, como los derechos. Hasta pensar en ella, y más reivindicarla, nos produce cansancio. ¿Eclipses? Los hay en todas partes: en los telediarios y en las imbecilidades que fabrica la IA, en las mentiras de la política y en el malestar de la justicia. Lo mejor es volver a los libros. Ahí no hay eclipses. Volvamos a leer lo que las personas inteligentes escribieron en sus momentos de soledad. Aunque no aprendamos nada de ellas, podremos gozar de sus silencios, y compartirlos. En cuanto a la celebración del eclipse, no sé cómo resultó a todo el mundo tan excepcional. Vivimos habitualmente, como dijo Sciascia, el día de la lechuza.

5 comentarios sobre “Lo que ocultan los eclipses

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    1. Hermosos, y sobre todo lo res, tis reflexiones sobre el eclipse, Antonio. Somos adictos a lo que mos saca de nosotros mismos. Es algo que nos parece de lo más natural. Creo que es necesario volver a la indiferencia, la mejor forma de cortesía, acerca de todo lo que nos rodea. Gracias por tu comentario, y por todo aquello en lo que coincidimos, que creo que es mucho.

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