Historiales médicos

Antes teníamos bibliotecas, discos de vinilo en los que guardábamos esos recuerdos que se confundían con borracheras, diarios donde tomar nota de nuestros principios y amores en los que depositar nuestros defectos. Ahora sólo tenemos pastilleros. Cada uno el suyo. Son esas cajitas compartimentadas que constituyen la crónica de lo que hemos sido y lo que somos. Allí están nuestros historiales médicos, los únicos secretos que podemos divulgar a los cuatro vientos, como las viejas de antes. Todas presumían de ser las que más pastillas consumían, como si, en efecto, las desgracias nunca vinieran solas, porque esas pastillas declaraban lo que se había trabajado y lo que se había sufrido. Nadie era feliz. Ahora buena parte del pastillero es impuesta. Nos la asigna la industria farmacéutica, a través de una publicidad goebbelsiana, y nosotros la aceptamos porque forma parte del vacío que sentimos. ‘La angustia es el vértigo de la libertad’, decía Kierkegaard. Ahora es la pastilla. Son tantas las pastillas que hemos de tomar para parecernos a los Pacific Rim que hemos llegado a la conclusión de que podríamos ser semidioses con sólo un protector de estómago.

            Sin embargo, el camino es largo, a veces truculento: pastillas para la memoria, ácido hialurónico para mantenernos tersos, para que Narciso nos confunda con fuentes cristalinas, colágeno para los tendones, ya que a partir de los setenta apenas podemos superar los cuatro metros con la pértiga. Omega 3 para el corazón y las neuronas, porque a partir de los noventa nos cuesta relacionar el amor con la razón, igual que en la novela francesa del XVIII. Además, los probióticos, que impiden que la política y la comida basura que deglutimos nos hagan parecer el monstruo de ‘Pánico en el Transiberiano’ o, peor aún, Torrente. Los complejos vitamínicos se han vuelto tan imprescindibles como el reggaetón, y más o menos producen los mismos efectos: convertirnos poco a poco en muertos vivientes. La vida está volviéndose un aporte inmisericorde de sucedáneos, de sustancias que nos llevan por un camino entre el cadáver y el superhéroe de Márvel. Así que los días que conquistamos agarrados al pastillero son días de libertad condicional, días en los que la única diferencia que existe entre el ser y el no ser es un grumo de ginseng.

Los multivitaminas son ahora nuestros lares y penates, además de analgésicos, antidepresivos y todos esos tristes comprimidos que mantienen ese equilibrio con el que tenemos que escuchar las noticias sobre procesos de corrupción, privatizaciones y sobre los precios de la gasolina y la vivienda. Uno quisiera ser Robinson Crusoe. Quizá así desterraría de su vida el pastillero, porque se sabe que casi todo lo que dicen que tomemos no son más que placebos, pequeñas hipocresías que después se amplían a una visión del mundo, a un voto, a un montón de compromisos mediante los cuales hacemos literalmente el gilipollas. Pero está claro que estamos en el único momento histórico en que no es posible ser un anacoreta. Tampoco tener salud. Nuestro historial de Google es como el pastillero que llevamos en la mariconera: una confesión que cualquier paramilitar, cualquier político tramposo o cualquier empresario sin conciencia podrá utilizar. Y quizá la cosa sea más grave: empezamos a saber que la vida es una automedicación, un intento de seguir viviendo sin la sabiduría necesaria. Me lo decía mi padre: ‘No te preocupes hijo, porque hagas lo que hagas te vas a equivocar’.

Publicado en el diario HOY el 25 de julio de 2026

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