Al comenzar este siglo, Giorgio Agamben, uno de los filósofos vivos más originales, explicó el concepto de ‘dispositivo’. Ya entonces era una obviedad, pero la nueva educación, prescrita para seres unicelulares, ha hecho que la filosofía sólo pueda ocuparse de obviedades. Los dispositivos son ‘categorías que abarcan todo aquello que tiene la capacidad de capturar, orientar, determinar, modelar, controlar las conductas, las opiniones y los discursos de los seres vivientes’. El teléfono móvil es un dispositivo, el cristianismo también, igual que el capitalismo o la democracia. Esta definición ya estaba contenida en Marx, pero quizá donde mejor veamos cómo se desarrollan los dispositivos sea en la última revolución tecnológica. La propia IA es un dispositivo, ahora el más poderoso. Ni siquiera la hemos elegido, sólo la hemos aceptado. Los dispositivos han hecho que conformemos, como dice Agamben, ‘el cuerpo social más dócil y cobarde que se haya dado jamás en la historia de la humanidad’. En realidad, los dispositivos han acabado con la libertad, si es que esta existió alguna vez. No tenemos capacidad de elección. Elegimos a Rosalía porque otros ya la han elegido antes que nosotros. Elegimos no leer textos complejos porque ya otros han querido que no lo hagamos. Aceptamos la jaula porque nos parece el paraíso.
Desde que nos levantamos hasta que nos vamos a la cama no hacemos más que ocupar posiciones impuestas y encarnar papeles establecidos. Los telediarios, el sueño igualitario, la moda, el famoseo, los debates vacíos en televisión, la educación privada, la ‘libertad’ de elegir la compañía telefónica, las mismas diez películas en todos los cines del mundo, el miedo como espectáculo, el ruido constante, la ausencia de un simple momento de quietud y silencio: dispositivos. La vida se ha planteado así para todos, sin excepción. Bad Bunny en la Superbowl, los conciertos de Taylor Swift, el acoso escolar, omnipresente e insoluble, el ‘prime time’ lleno de programas para imbéciles, las ferias de libros para gente con síndrome de abstinencia, el fútbol inmisericorde, el turismo alienante. ¿Qué habría que hacer para salir de esos esquemas? Lo siento, lector, ni usted ni yo merecemos tal prerrogativa. No sabríamos qué hacer con tanta libertad.
El hombre occidental ha sido esclavizado por los modelos que origina el mercado continuo. Desde las caras que nos seducen en las pantallas, hasta las tendencias que nos llevan al consumo liberador, dejamos que nos vigilen y determinen. ¿Y las opiniones? Basta con tener tres o cuatro. La democracia no da para más. Incluso dos, si lo que queremos es montar el único simulacro de existencia con el que debemos conformarnos. En cuanto a política, a economía, a ética o arte, basta con A y B. Siempre opuestos, por supuesto. O blanco, o negro. El gris sólo aparece cuando nos ponemos la mano sobre los ojos y miramos lejos. En caso de que alguien tenga la desgracia de desear un criterio propio, ¿qué podría hacer con él? La IA ha sacado al criterio propio de sus goznes, igual que Sansón las puertas de Gaza, y ahora meditar en silencio se ha vuelto algo pasado de moda, algo ‘vintage’. Podemos tener una ligera opinión sobre Mbappé, sobre por qué Pedro Sánchez no se va, sobre ‘El diablo viste de Prada 2’ o sobre por qué utilizan ‘Barrio Sésamo’ para enseñar en Harvard, pero poco más. Si realmente queremos ser nosotros mismos, no encontraremos el modelo. La civilización lo rompió cuando nacimos.
Publicado en el diario HOY el 23 de mayo de 2026
Deja un comentario