La obligada indolencia

Cada vez es más difícil imaginar el futuro, aunque sigo confiando en H. G. Wells, uno de los escritores más enigmáticos del siglo XX. Cuando a Verne le preguntaron qué diferencia había entre la ciencia que él proponía y la de Wells, Verne dijo: ‘Wells inventa’. En efecto, Wells inventaba, pero sus inventos, a menudo deslumbrantes, han arrojado tantas certezas como las de Verne. En ‘La máquina del tiempo’, obra bastante inquietante, vio un futuro dividido en dos razas: los Eloi y los Morlocks. Los primeros eran la comida de los segundos. Los Eloi se dedicaban a esperar a ser comidos. No hacían nada, no había nada existencial en sus vidas. No leían, ni tenían que trabajar para sobrevivir. Todo les venía dado por la naturaleza. El hombre de final de siglo XIX, al leer la novela, solía condenar la indolencia de los Eloi. No entendía que pudiesen llevar una vida tan vacía, tan apática, sin ningún interés por el progreso, sin rebelarse ante la desaparición de la cultura. Muchos relacionaron aquella especie de renuncia al esfuerzo con el primitivo comunismo, un comunismo del año 802.701 en el que nadie tenía trabajo, sólo entretenimiento. Dado que la novela se publicó en 1893, el eloísmo era algo romántico, fabiano, incomprensible, demasiado justo para que el hombre lo mereciera.

            Ahora el eloísmo se ha convertido en una aspiración. En los tiempos que corren la cultura no interesa, el progreso tampoco, ni la solidaridad, ni la política, ni la lucha en pro de cualquier conquista. Nuestra vida, igual que la de los Eloi, es una espera a que los Morlocks nos coman. Desde que firmamos una hipoteca hasta que llega el momento de votar, los Morlocks nos salpimentan, nos prometen la salvación, mejores condiciones de vida, derechos sin fin, pero en realidad nos engordan para meternos en la marmita. El futuro de Wells ha llegado demasiado pronto, y eso indica que Wells no era un visionario, sino el intérprete de lo que ya vio en 1893. Todos los finales de siglo se parecen, decía Baudelaire. También los comienzos. Estamos viviendo nuestros felices 20, ignorantes e hiperconectados, con el mismo índice de anormalidad con que superamos la I Guerra Mundial. Como entonces, los países más poderosos conciben y ejercen su venganza como si fuera un simple evento. No es nada personal, sólo negocios.

            Igual que los Eloi, el hombre occidental es espectador de su propia indolencia. Nos han puesto una butaca para ver aquella versión de Georges Pal en la que Rod Taylor se desesperaba al encontrar una sociedad que no sabía leer, cuyos libros se convertían en polvo cuando los tocaba, porque durante siglos no habían sido extraídos de sus estantes. ¿Cuándo perdió el europeo la oportunidad de influir en su futuro, de construirlo? ¿Cuándo perdimos de vista los propósitos de la educación y la cultura? ¿Por qué aceptamos tan ciegamente lo que los grandes grupos de la industria cultural dicen que debemos creer? ¿Por qué votamos a la ultraderecha, en lugar de exigir reformas radicales en las democracias que nos imponen? Wells abrió un camino a la esperanza. Los Eloi pudieron dar un paso atrás y recuperar, después de muchas generaciones, los viejos usos del conocimiento. Wells no planteó el regreso a la caverna, ni siquiera a la platónica, pero el europeo debe volver a su presente como el viajero del tiempo, sabiendo que sobrevivir y pensar son la misma cosa.

Publicado en el diario HOY el 18 de abril de 2026

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