Versiones IA

El otro día le pedí al ChatGPT que me diera argumentos para escribir una novela negra en que el asesino fuera el mayordomo, pero ambientada en una estación espacial, o un planeta prisión, tipo Atmósfera Cero. Me gusta la ciencia ficción y los argumentos extemporáneos, es decir, argumentos que reproducen lo que encuentras en la calle cuando sales por la mañana para ir al trabajo. Un bot con voz de chica de Ipanema me enumeró, como si ligara con un soltero de Baviera, seis o siete temas la mar de interesantes. Pese a lo simpática que parecía, se había leído las mejores quinientas novelas de ficción científica y, además, había añadido, de propia cosecha, todo lo que Schrödinger sabía de gatos y Craig Venter de biotecnología. Se lo pedí porque uno está harto de imaginar, porque la originalidad no la identifica ni la comprende nadie, porque la inspiración está más perdida que el doctor Livingstone. Aquella supernena me dio tantas ideas que pensé que no necesitaba buscar más. Escribiría sobre lo único que la IA propone, en caso de que te aburra desnudar a tus antiguas compañeras de clase: una mezcla de todo. La procedencia no importa: Arthur C. Clarke o pornografía casera entre especies de otros planetas. La cuestión es que estén mezclados. La IA no puede dejar de pensar en textos como imágenes, y en imágenes como textos, de modo que el lector, o el autor, se queda a solas con lo que el algoritmo hace con ambos, con imágenes y textos. El texto y la imagen son máscaras que ambos se intercambian para que no veamos que ninguno de los dos significa nada.

            Como se trata de igualar por abajo, le pedí a la sílfide caribeña que me escribiera las primeras veinte líneas de lo que fuera, consciente de que un número tan escaso de líneas me permitían seguir siendo libre. La idea me pertenecería, aunque fuera apócrifa. Las veinte líneas que me dio, en 2’3 microsegundos, las podría haber escrito cualquiera de los que actualmente venden en España más de cien mil libros. Qué desgracia. No me quedé satisfecho. No podía aceptar que aquello pudiera pasar por mío. Le pedí a la chica que se superase, que viera las distopías que subyacen en lo que ocurre en la calle y me lo transformara en algo que pudiese ver yo. Le dije que soy muy exigente, y que lo mejor que podía hacer era imitar mi estilo, puesto que mis textos, como los de todos los demás autores, han alimentado sin duda las fuentes de la IA, igual que las cáscaras de sandía alimentan al cerdo estabulado cuando el porquero no tiene ni tiempo, ni ganas de sacarlo a la dehesa. Al momento recibí otras veinte líneas que tampoco reconocí como salidas de mi pluma, algo que me deprimió profundamente, porque eso evidenciaba que durante cincuenta años había estado escribiendo para un público que no identificaba mi sello estilístico. Quizá no lo tuviera. El público me ha traicionado, o quizá quien ahora me traiciona sea esta chica que sólo ve seriales de Boris Izaguirre. Esa fue la conclusión a que llegué.

Quizá el verdadero argumento, pensé, sólo pueda proporcionármelo el propio algoritmo, la mascota que los insomnes con síndrome de Asperger de Silicon Valley han fabricado para que nadie esté por encima de ellos. Eso, por supuesto, les ha obligado a bajar demasiado el nivel, y ha infundido en el populacho la capacidad de crear infinitas variaciones de lo grande, simplemente porque no son suyas. Que todo el mundo cree, menos el autor. ¿El fin del arte? Sin duda, pero no por causa de la IA, sino porque al hombre sensible no le han mostrado otro camino que desaparecer. Me consta que hay una versión muy superior del ChatGPT, la última, una versión cuántica a la que cuando le pides un argumento original contesta: lea libros, no sea haragán. Creo que si la IA alcanzara un suficiente grado de perfección, sería ese. Si no, la estupidez es lo único que nos hará felices. Quizá hasta la merezcamos.

2 comentarios sobre “Versiones IA

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