Obedecer

Como colectividad, hemos entrado en la edad de la obediencia, pero esta sumisión no ha sido ideológica, sino económica. Las clases que pueden gastar, es decir, aquellas que podrían iniciar cualquier revolución, no quieren dejar de hacerlo. Me refiero a gastar. Gastar es obedecer. El consumo es la condición esencial del acatamiento. Quien necesita a Google, quien toma Coca-Cola, quien sueña con comprarse un Porsche, o se lo compra, quien ve series en Netflix o utiliza redes como X o Instagram, no se planteará adoptar esa forma de desamparo que supone dejar de consumir. Esta sociedad es un infierno para quien no tiene dinero, decía Horkheimer. Soportamos mejor la pobreza que la soledad, pero la única forma de no estar solo es no ser pobre. La obediencia en que ha desembocado la sociedad que antes era crítica, que compra libros y los lee, que va a la ópera y degusta sus Parsifales, es incapaz de soportar la desnudez y el silencio. Poco a poco están cerrándose las puertas y ventanas que nos dejaban ver lo que éramos anteriormente: gente que tomaba decisiones, gente libre. La relación con el compromiso se ha desvirtuado, o ha desaparecido. Queremos nuestra tajada, no ser mártires de una idea que vuelva a llevarnos a las trincheras, a la resistencia, junto a otros indigentes o desamparados como nosotros. Existen muchos elementos en la colectividad que no nos gustan, pero preferimos hacer memes de todos ellos a unirnos para cambiarlos. No porque no podamos cambiarlos, sino porque para ello tenemos que unirnos. Las plataformas tecnológicas nos han proporcionado una manera de contactar que crea compartimentos estancos, e impiden que lleguemos a una relación efectiva que pudiera originar una protesta.

Es la comunicación la que paraliza la asunción real del pensamiento. Aceptamos un esquema de colmena sabiendo que somos una multitud sometida al aislamiento individual. Nuestras vidas son celdas de castigo. La única forma de verter ideas -nunca revolucionarias, nunca innovadoras- es individualista. Padecemos una independencia tan refractaria que impide la verdadera comunicación. Sólo podemos lanzar botellas al mar. Son mensajes, sin duda, pero mensajes demasiado sometidos al azar. Expresamos lo propio, pero ninguna propiedad puede compartirse a menos que medie una actitud de intercambio. Las voces que surgen en las redes son voces aisladas a las que únicamente podemos adherirnos. Se nos concede una adhesión incomunicable, como si cada mensaje lanzado, nuestro o ajeno, se hallara demasiado lejos de quienes lo escuchan. Hemos de enfrentarnos, además, al problema de la pauta algorítmica que vacía la realidad. La realidad se aleja, o esa es la impresión que tenemos. Todo lo que se dice en las redes carece de público, al contrario de lo que se decía antaño en una obra de teatro, o en una trama novelística. Lo que aparece en redes son más bien pintadas, rótulos de calle. Todo el mundo los mira, y sigue andando sin volver la vista. Si está de acuerdo con ellos, se adhiere sin saber qué pide quien los ha escrito.

Así que quizá hayamos fabricado una sociedad que no reacciona ante nada, incluidas las iniciativas políticas o sociales. Ahora que todo el mundo está en desacuerdo con el orden que intenta imponer EE. UU., por ejemplo, ¿estaríamos dispuestos a abandonar Google, anular toda suscripción a Amazon y Netflix, no comprar coches Tesla o consumir únicamente los productos de nuestro mercado interior? Renunciar a importar bienes y cultura de países agresores supondría una contestación adecuada a lo que está ocurriendo. Sin embargo, quienes se planteen esa posibilidad sin duda pensarán: debí haberlo hecho hace mucho tiempo, ahora es demasiado tarde. Renunciar a las repeticiones de Hollywood, tantas veces vistas, no consumir la basura pedagógica que nos sirven y comprar, con los activos rusos retenidos en Bélgica, aviones Mig rusos, o chinos, para dárselos a Ucrania, suena a utopía, pero a estas alturas es lo único que nos queda. Una utopía es preferible a presenciar el terrorismo doméstico en que se está convirtiendo la protesta individual en los EE. UU. Muchos estadounidenses empiezan a morir por abandonar las redes y oponerse, en la calle, a los policías ideológicos de Trump.

2 comentarios sobre “Obedecer

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  1. Clarividente, oportuno y con la dosis justa de pesimismo y crítica (confío en que no sea banal y que el «efecto mariposa» en un lector, aunque sea sólo uno, desecadene el caos y la revolución). En todo caso, es muy difícil abandonar el confortable sillón del conformismo, donado por el «Mátrix» de políticos, masones, soros y otras criaturas del «más acá» que se mezclan entre nosotros. Recuerdo (sin juzgar aquí y ahora) los últimos versos de «Días de escuela», del grupo Asfalto. Triste y lamentable añoranza.

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