La historia ha sido siempre una línea que sólo hemos comprendido a medias. Toynbee afirmaba que las civilizaciones prosperan cuando se enfrentan a los desafíos que encuentran a su paso y los vencen. Se opuso al determinismo de Spengler, que sostenía que toda civilización nace, se desarrolla y muere como un organismo vivo. Ambas teorías tuvieron en cuenta algo que actualmente está muriendo: la cultura. Civilización y cultura son inseparables, ambas se presuponen y condicionan. Lo que actualmente estamos presenciando en el mundo es la desaparición de cualquier definición de cultura y, por tanto, de civilización. Los homúnculos que dirigen las actuales potencias basan ese predominio en un nuevo patrón: la fuerza. En la actual teología del armamento surge por fin algo puro, no relativo, ni interpretable. El armamento ahorra palabras, que es lo único con lo que Trump y Netanyahu se sienten impotentes. Los EE. UU. son una sociedad militarizada. Lo vemos en Hollywood y en la subyacente mentalidad de guerra que propone en cada película. El odio que tiene el presidente norteamericano a cualquier rastro de ilustración es el mismo que tenían Hitler y Stalin. La conquista del espacio vital por parte de Hitler, y el silenciamiento de la intelectualidad rusa durante los años 1937-38, por parte de Stalin, hacen que empecemos a comprender lo que está ocurriendo actualmente en Oriente Medio.
Los valores europeos son contrarios a la forma de gobierno iraní, un estado que utiliza el dogma religioso como fundamento del poder absoluto. Ese tipo de poder es también antiilustrado. La ironía estriba en que sean dos gobiernos aún más sangrientos y retrógrados que el iraní, el estadounidense y el israelí, los que impongan un orden que no pueden representar: el de la democracia y el derecho. Los países agresores no quieren cambiar el estatus político de Irán, sólo quieren su petróleo y su territorio. Espacio vital, empezando por Gaza y el Líbano, y también silencio. De ahí la tremenda aspiración a acabar con la cultura. El poder no la entiende. Ha invertido enormes cantidades de dinero, durante lo últimos treinta años, en quitarle la voz que tuvo entre los años 60 y 90. El problema es que muchos países europeos están secundando a Trump. Lo de Pedro Sánchez no deja de ser un bello gesto. Nadie cree en él, excepto la portavoz de la Casa Blanca, Caroline Leavitt, y la oposición política española. Europa no puede cambiar cultura por economía, de la misma forma que no puede cambiar su historia por la actualidad de chalanes que tenemos. Los dirigentes europeos no tienen derecho a ignorar a Erasmo, porque no lo entienden.
¿La tercera guerra mundial? Sería matar la gallina de los huevos de oro. La guerra que ha comenzado es, sobre todo, exhibicionismo. Hay que acabar con el oponente de forma sistemática y sin piedad, sólo para que el mundo lo vea. Es la nueva disuasión, el nuevo parque temático. Hay que ejercer presión hasta el final, sin pensar en daños colaterales. A nadie le importan las niñas ni las escuelas. Dejemos de ser humanos. Comprendamos a los que matan y, sobre todo, a los que mueren. Sobrevivir consiste en eso. Aceptemos aquella entrada del diario del hombre que mejor comprendió la civilización que hemos construido, Kafka, del 2 de agosto de 1914: ‘Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar’.
Publicado en el diario HOY el 7 de marzo de 2026