Si algo caracteriza a lo que llamamos actualidad es la ausencia casi visceral de buenas noticias. No es que no existan, es que no interesan. El mundo no genera buenas noticias porque la sensibilidad, la perplejidad y la curiosidad humanas no se alimentan de ellas. Hace tiempo que preferimos el odio, que tiene un motor mucho más potente para ponernos de parte de quienes nos gobiernan e influyen. De vez en cuando nos gusta saber que existen personas honestas, o tratadas injustamente, o gente que merece un mundo mejor, o una vida más cómoda, pero esas noticias no calan socialmente, no producen ni una sola emoción. Nos hemos acostumbrado a que el mundo sea otro, incluso añadiendo nuestra complicidad. El famoso fracaso de aquella revista titulada ‘Buenas noticias’ fue una muestra de por qué nadie gasta dinero en ver lo felices que son los demás. Ahora la felicidad se exhibe y se acepta, pero siempre que se cumpla una sola condición: que sea falsa, que incremente el conjunto de aquello en lo que no creemos.
Dependemos del morbo, del fetiche. Las buenas noticias no provocan estrés, así que nos las han vetado. Si queremos enterarnos de algo positivo hay que ponerse la camisa de aquel hombre feliz del cuento ruso, y para hallar esa camisa es necesario buscar entre la gente auténtica, generalmente pobre, que no tiene ‘smartphone’ y no necesita la televisión para que le cuente mentiras, es decir, gente que se mueve en situaciones que están a su alcance. Nos queda, sin embargo, otro modo de hallar un triste eco de algo verdadero, de algo que nos impulse a confiar en el hombre y seguir viviendo con esperanza, pero hemos de comprarlo, siempre hemos de comprarlo: un viaje a Disneyland donde Mickey Mouse nos muestre lo felices que son los dibujos animados, o una reserva en un restaurante que nos conceda la bienaventuranza de no tener que hacer la comida en casa.
Si no tenemos acceso a ese paraíso nos queda la medicación. Todo el mundo se medica. Es más barato, y más instantáneo que leer libros que nos expliquen qué imperios hemos de conquistar para ser nosotros mismos. Quizá el de Tomás Moro, el de Hester Prynne, o el de Lobo Larsen. Ahí radica todo: el arte requiere mucho tiempo, y la vida es breve. El poder nos obliga a aceptar que todo lo importante cuesta demasiado para poseerlo. Hemos de vivir como pobres incluso en el ámbito de lo que está al alcance de cualquiera. También en ese ámbito tenemos prohibido llegar hasta el final. ¿Se imaginan lo que sería una sociedad que apreciara lo auténtico, y lo separara de lo falso? Sería una sociedad con esperanza, con un futuro por delante. Todo futuro es cambio, esa es la razón por la que la política no trabaja en futuro. Trafica con él. Los últimos enfrentamientos en el Congreso son un claro síntoma de que nadie representa a nadie. Todo hay que presentarlo como una oposición encarnizada que parezca una diferencia de opinión. Tal diferencia no existe. En el Congreso nadie se opone a nadie. Es un combate de forzudos que toman esteroides, en el que las normas y las reglas de cortesía las mantienen, a rajatabla, los fondos extranjeros de inversión y el Ibex 35. Nuestra sensibilidad es la de los que contemplan un combate amañado de lucha libre. Volvamos a las buenas noticias, o inventémoslas.
Publicado en el diario HOY el 27 de junio de 2026