Silencio

Lo que ocurre en el mundo nos empuja al silencio. No al silencio público, el que anula y a veces confunde las voces que protestan, sino al propio. Las multitudes que protestan ya no significan nada, no son oídas. La política no las teme, ni las asume. Está muy por encima de lo que piensa la mayoría. Disentir, aunque sea algo generalizado, no origina una respuesta. La separación entre el gobernante y el votante se calcula con una cinta métrica que el votante cada vez entiende menos. En ese sentido, está indefenso ante lo que ocurre a su alrededor, incluso cae en la sugestión de pensar que ha sido él quien lo ha originado. No, la democracia ya no es la responsable del sistema que rige el mundo, ni del silencio al que este mundo nos aboca, un silencio lleno de ruido en el que apenas encontramos un modo, o un lugar para ser ciudadanos, ni siquiera personas. La democracia es una máscara que nos ponemos para cometer errores. El ciudadano debería ser el responsable de lo que elige, no la víctima, pero empezamos a serlo desde que nos educan. La educación es la primera que impone el silencio, igual que Bernarda Alba. La escuela es el espacio en que menos libertad existe.

            Nos queda, por tanto, un silencio personal que parece elegido, pero es tan impuesto como las borrascas del Atlántico. Lo aceptamos porque parece el único camino, y porque nos encierra con nuestros mudos y petrificados sueños. Empezamos a pensar que en la sociedad que hemos construido callarse es lo propio, que tener voz no sirve para expresar lo que pensamos, porque lo que pensamos no fragua con facilidad, ni encuentra tribunas: no tenemos tiempo ni calma para escapar del ruido, que es otro silencio que nos esclaviza. Ese silencio ha hecho que el pensamiento crítico deje de ser un modo de compartir. Así que sólo nos une el pensamiento único, que es otra forma de consumo. ¿Pero unirse contra qué? ¿Contra los actuales países agresores en el mundo? ¿Contra la estulticia que toma nuestras casas, gracias a Netflix, o a Facebook? Combatir todo eso sería iniciar una guerra tras otra, y el olvido empieza a ser tan importante como el deseo. Por fin, el orden se impone a la libertad.

Quizá habría una forma de salir de esta situación: que el antiguo humanista dejara de ser un consumidor. Pero no quedan tantos humanistas, así que tampoco eso supondría mucho. Consumir se ha vuelto un atributo de independencia y, de esa forma, un tipo de humanismo. Sin embargo, consumir silencia. Pronto no recordaremos los que somos, sólo lo que tenemos. El ciudadano se sume en la desmemoria, en la aceptación. El ocio también silencia. Tras aquella pandemia que mató a tantos jubilados con pretensiones de inmortalidad llega otra, la del estrés que se cura con entretenimiento. Esta no nos mata, simplemente nos despluma. Todo son modos de silencio. Todo el que nos oye piensa en la próxima pantalla. Es un robot que hace fotografías a lo que come y las cuelga en lugares que sólo presencia gente que no tiene ojos, ni puede explicar por qué es infeliz. Silencios. Se ha impuesto lo viral, lo imitativo, lo que evita cualquier diálogo que nos lleve al cambio. Por tanto, ya nada cambia. Es el voto que hemos elegido. Un voto de silencio.

Publicado en el diario HOY el 11 de abril de 2026

Deja un comentario

Blog de WordPress.com.

Subir ↑