Money for nothing

Si algo caracteriza al capitalismo es esa mezcla de crueldad y miedo que, o bien lo convierte en un depravado, o en una pobre ancianita a la que despluman en las páginas de contactos. El pasado lunes Trump soltó una trola: que estaba manteniendo negociaciones con Irán e iba a posponer el recrudecimiento de las hostilidades en el estrecho de Ormuz. Era sólo una mentira, claro. Son normales en el teatro, en el Parlamento, en las saunas de la mafia y en los telediarios. En Wall Street esas mentiras adquieren un perfil sangriento, porque mueven un dinero que no existe. Hay manos que lo sueltan y otras que lo recogen, igual que la escoba de los guateques. Algunos consiguen reserva en Chairman’s Row llevando en la frente el cintillo de Mark Knopfler, cuando cantaba aquello de ‘Money for nothing and chicks for free’, y otros tienen que sentarse en la acera para suicidarse, como el jugador del Dostoievski, con la pajarita transparente que la codicia le ha puesto alrededor del cuello. Al parecer, de las 6:49 a las 7:05 del pasado lunes la trola de Trump permitió que algunos elegidos, quizá uno solo, ganaran una cantidad que nadie consideraría importante, comparada con la de perros descalzos, o la de bebés sin destetar que gastan su tiempo frente a una pantalla: aproximadamente 650 millones de dólares.

            Quizá Trump los necesitaba para comprar misiles Tomahawk y dejarlos caer sobre Irán, aunque es mucho más rentable enviarlos contra los petroleros chinos, o contra los de su propio país, los estadounidenses, para hacer subir el crudo. Las ganancias cuantiosas no se generan teniendo petróleo. Basta hacer que suba el que no se tiene. Quizá quiso hacer rico a algún amigo suyo. ¿Rico? Todos sus amigos son más ricos que él. A todos les sobran esos 650 millones. ¿Una fanfarronada, entonces? Seguramente pretendía que los que llegan antes que él al hoyo 18 los perdieran. Una demostración de que el capitalismo sólo es un tablero de juego. El problema es que ese tablero se ha convertido en el espejo del mundo, aunque únicamente unos cuantos se miren en él. Ni los que ganan dinero ni los que lo pierden tienen importancia. La importancia se la dan los que no juegan. El que no juega es el que pasa la noche atado a la picota. Ganar 650 kilos en quince minutos es lo que hace que Israel pueda matar a miles de gazatíes, o que invada Líbano. Todo eso deja de tener sentido, igual que intentar saber, por parte de la justicia, quién manejó información privilegiada.

            Los CEOs de Wall Street apuestan garbanzos, nosotros el dinero que nos hace falta para llegar a fin de mes. Quizá venga un tiempo en que el dinero no signifique nada, y los traficantes de diamantes de la Quinta Avenida, igual que los que apuestan en el mercado de futuros de Londres, no tengan nada a lo que agarrarse. Quizá los valores económicos desaparezcan, como en aquella canción de Lennon, y sólo sirva el trueque, o lo que se cultive para subsistir. Quizá la plusvalía desaparezca, igual que la estupidez. Hasta entonces, la única inversión que nunca dejará colgados a los mamones de Wall Street será el hambre del resto del mundo. La bolsa es una ruleta donde siempre pierden los que están en otro club. Frente a las cosas desconcertantes que leímos en ‘American Psycho’, sólo nos queda sembrar pimientos.

Publicado en el diario HOY el 28 de marzo de 2026

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