La banalidad

Más allá de las guerras, a las que nos acostumbramos como si fueran una medicación obligatoria, el ciudadano del mundo, y sobre todo el europeo, se va pareciendo cada vez más al votante norteamericano. Simpleza y tradicionalismo. Son los nuevos modos de sacrificar el futuro en favor del pasado. El progreso se produce en detrimento de la igualdad. Y la desigualdad resultante en detrimento de los derechos, que son tratados como animales de corral que el ‘cowboy’ doma y mantiene en empalizadas. Estos principios están justificándose por el uso de la fuerza, y muchos jóvenes a los que la educación no les ha dado nada -vaciada por la política- piensan que la acción y la obediencia ciega constituyen el modo correcto de dar un paso adelante. ¿Podrían darlo en otra dirección? No, no está permitido. Se trata de regresar a la banalidad, de convertirla en algo a lo que hemos de aspirar. Hannah Arendt sigue señalándonos con el dedo. ¿Pero cómo hemos llegado a esta situación? El mundo que inicia guerras ha sido siempre así. ¿Pero Europa? Europa no ha iniciado ni secundado ninguna. La pobre es el producto del fracaso de la izquierda, un fracaso con plena conciencia, elegido creyendo que era una estrategia. La mágica neutralidad que viven los países nórdicos no es comparable con lo que está ocurriendo en el resto de la desarmada Europa, incluida España. Aquí no guerreamos, pero odiamos. El odio se ha vuelto inflacionario, y la política va perdiendo sus bifurcaciones. El español ya piensa que sólo hay una: la ultraderecha.

            No obstante, sabemos que cuando llegue la ultraderecha nada cambiará. En España ya es igual votar que no votar. Nada cambia. Ningún partido soluciona problemas. La política no está para eso, y votar tampoco supone ser demócrata, porque esta democracia hace años que no sirve. Es una carreta atascada en el barro. La derecha que tenemos, partidaria de lo que hacen EE. UU. e Israel, con un ejército especializado en asesinar a civiles, no representa ningún horizonte. Por fin nos damos cuenta de que la gran lacra de la cultura europea ha sido su política. De una forma inoperante, cualquier intento de encontrar un camino está llevándonos a la derecha radical, que no es otra cosa que la ausencia de política, de cultura y de pensamiento propio. Hemos llegado a la anulación total, al punto cero de lo que cualquier persona podría conseguir con un libro en las manos.

            De forma parecida, y casi desde que apareció en 1982, la izquierda ha practicado en este país una traición sistemática. El país no lo ha visto, porque ha estado cegado por una libertad inexistente y sobrevalorada, igual que lo estuvo con las consignas nacionalcatólicas durante el franquismo. Hemos llegado a ese momento en que la subordinación forzosa y subvencionada a un gobierno no permite la revolución, ni siquiera el cambio. Esta izquierda es bastante parecida a la ultraderecha. Usa sus mismas armas, la falta de puertas de salida, y tiene sus mismos síntomas, la ocultación de aquellos que mandan en realidad. Son los mismos para ambas ideologías, o apariencias de ideología, porque en España la pirámide social no tiene ascensores, igual que en los EE. UU., o en Israel. ¿La solución? Comenzar desde la nada, votar de una vez por la verdad, echar del sistema a los que no cumplen sus funciones. Quizá así alcancemos la dignidad auténtica que la gente merece.

Publicado en el diario HOY el 21 de marzo de 2026

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