Persisten las dudas de hasta qué punto son comparables la vuelta del mundo a la guerra y la aparición en Madrid de ARCO, la feria anual de arte contemporáneo. Da la impresión de que en ARCO siempre hay algo que merece la pena, pero esa impresión quizá forma parte de los síntomas que produce la falta de serotonina. Sea como fuere, el Ministerio de Cultura acaba de comprar 17 obras para el museo Reina Sofía, lo que indica que los nuevos modos de arte, que tanto tienen que ver con lo que Stefan Zweig llamó la intoxicación moral de Europa, siguen vigentes y de hecho son lo único que ya puede enseñarse en una galería. Sinceramente, no sé qué lleva a un pintor, escultor o happeningador a llevar sus obras a ARCO, porque ARCO nunca ha sido lo que representa esta época, sino lo que se vende en ella. ¿Quizá es lo mismo? Entonces deberíamos cambiar la definición de arte o, al menos, la de arte comprometido, entendiendo el arte como una forma de compromiso que puede tranquilamente eludir la visión del mundo y del hombre. Cierto que del mundo y del hombre ya se sabe todo desde Altamira, así que lo más rentable quizá sea exponer en una feria cómo el arte ignora ese conocimiento. El medio es el mensaje, dijo MacLuhan. Sin duda, lo que se vende, lo que se admira y lo que acarrea la agónica atención de nuestros contemporáneos es lo que los medios de comunicación, es decir, de propaganda, presentan, amplificándolo, como vacío.
Acaso sea conveniente abandonar definitivamente cualquier actitud de reivindicar lo representativo, puesto que no sabemos qué es lo representativo. Lo que antes lo era ya no significa nada. Lo que ahora lo es, tampoco. Una feria de arte ha pasado a ser una aberración. No es el artista, ya, el que expone, sino el galerista. No son el óleo y el mármol los que se dan por sentados, sino todos esos componentes que formaban parte de la basura, y ahora son los materiales con los que se construye no la realidad, sino la mentalidad. ¿Es que el mármol, o el óleo, han dejado de tener vigencia? ¿Han dejado de expresar el universo líquido en que agonizamos? A mi juicio no. Pero quizá lo que tenemos que ofrecer ya no es digno de esos materiales. Se expresa mejor con las botellas de plástico y las cáscaras de corcho sintético, y los palos de fregona, y las bolsas reutilizables con los que hemos adquirido una nueva entidad. De cualquier forma, cuando vamos a El Prado y observamos esos cuadros desusados, nos damos cuenta de que en las diferencias entre esa pintura y lo que se expone en ARCO hemos perdido algo, quizá la propia alma, si es que lo que se expone en ARCO denota la existencia de algo superior a la estupidez, o podemos suponerla.
Todos los años se celebran estos llamados eventos. Sería preferible celebrar las subastas suicidas que ahora están en boga, en las que la gente puja para que la obra sea destruida por el fuego. Indefectiblemente, tal actitud es más consecuente con el arte que se hace, y sin duda con la actitud tanto del coleccionista como del artista. Se paga dinero para que una obra de arte -ojalá pudiese salir de ARCO- no permanezca en el mundo. El dinero sirve para librar al arte de su modernidad, que es de lo que se trata. Sería maravilloso, y enriquecedor. El artista pintaría, o esculpiría, como los falleros, para que el fuego nos librase de su inspiración. En realidad, esa debería ser la verdadera finalidad del arte que se hace. Tal es el problema de la época en que vivimos: hay que librarse de demasiadas cosas. La abundancia parece endémica, multitudinaria, pero en realidad sólo alcanza a un pequeñísimo número de malvados.
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