La nueva adolescencia

Desde que las redes sociales eximen de manifestar una personalidad a los que no la tienen, asistimos a la aparición de incomprensibles grupos humanos, grupos que nos sorprenden porque, pese a los infinitos problemas con los que ahora tenemos que cargar, gastan con poca fortuna ese tiempo libre que todo el mundo reúne usando cazoletas de buscador de oro. Surgen nuevos modos de no tener nada que hacer, de estar desocupados, modos que no plantean cambiar el mundo, ni leer, ni siquiera difundir memes. Aparecen los llamados ‘therians’, por poner un ejemplo, gente que se identifica místicamente con un animal, igual que en “La brújula dorada”, y se comporta como si lo que piensa pudiese decirlo ladrando, maullando, barritando o balando. Si fueran políticos, tergiversando. Gente que va disfrazada de nutria, o leopardo, o que se comporta como un gato, aunque no coma Whiskas ni se lave con su propia lengua. Gente que recuerda a los ‘mods’ y los ‘rockers’ de los sesenta, en los que el atuendo ya marcaba su posición ante la vida. En fin, de vez en cuando el personal crea, partiendo de la uniformidad decepcionante que quieren imponernos desde arriba, originalidades como mear en los árboles levantando la pata. Si no te ven los municipales, quizá eso pueda constituir una forma de protesta.

            Una variante de los ‘therians’ es la llamada Hobby Doggy. Al parecer, la imbecilidad ha encontrado en el inglés las palabras más exactas para expresarse. No obstante, el fenómeno nació en Alemania, y consiste en pasear a perros imaginarios. Imaginarios, pero no libres, ya que los dueños los llevan con sus correas, para no ir contra la ordenanza de no pasear a perros sueltos, aunque sean invisibles. Nadie se explica por qué unos, los Hobby Doggy, no atan a los otros, los ‘therians’, y así se consuelan mutuamente, adquiriendo ambos el sentido que los complementa. Puede que sea porque es preferible la estupidez a las ataduras. Lo importante es que tanto una tendencia como la otra sean virales. Eso lo justifica todo. Nos comportamos como virus con una enorme capacidad de ser nosotros mismos, de “gamificar” nuestra libertad como si tuviéramos un tiempo que sólo puede derrocharse. Es posible que esa conversión en animales sea una simplificación, igual que la de ser un autor superventas. No vayan a preguntárselo al psicólogo, sino al programador. Nuestra exposición a esa tontería epidémica llamada redes sociales, que los algoritmos administran con tanta rentabilidad, está provocando fenómenos en los que lo importante es la pertenencia a una especie, no lo que esa pertenencia exige.

            Resulta que aceptar lo que ocurre en el mundo nos fuerza a dejar ser humanos. Ser animal es otra cosa, porque el animal necesita cariño y atención. Un perro es el último reducto de lo que antes éramos, de lo que queremos conservar de nuestra sensibilidad. Sin embargo, vamos con correa y nos siguen poniendo un comedero con ansiolíticos. Quien se crea pájaro, con los ansiolíticos del Avefénix. Frente a esto, quizá habría que mostrar una cara distinta, para que los poderes que nos dirigen, desde el Mordor de Silicon Valley, tengan que tener el cuidado de aquel periodista argentino que, antes de entrevistar a un  ‘therian’, le preguntó: ¿Puedo acercarme o me vas a morder? Sería ideal volver a las verdaderas inclinaciones, aunque sean las barricadas. Si no, sólo vamos a poder ofrecer el ‘tamagotchi’ que llevamos dentro. 

Publicado en el diario HOY el 28 de febrero de 2026.

Un comentario sobre “La nueva adolescencia

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  1. Cuando el diablo no tiene nada que hacer, con el rabo mata moscas. Lástima que las protectoras de animales no los acojan en su seno. Cualquier persona cabal (de los de hace 50 años y no tenían los complejines éticos-ficticios) diría: «a esos los ponía yo con un pico y una pala a cavar y verás cómo se le quitaban tantas tonterías».

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