Ciudadanía

La ciudadanía está cambiando, como tantas cosas. Antes había un cemento que unía a las mujeres y los hombres que la componían. Ser ciudadano era aceptar muchas reglas, y unirse contra otras que no se aceptaban. Se producía, cuando esto ocurría, ese milagro que hace que la sociedad funcione como una organización de gente que ha leído, que tiene en la cabeza valores que ha elegido conscientemente, sólo porque les encuentra sentido. Ese milagro era tomar una decisión colectiva, hacer algo para defender un esquema, o simplemente para construir una maqueta. Quizá el problema del cambio que está modificando al ciudadano, a la ciudadanía, consista en que esos valores ya no existen. Se les supone, pero no son lo suficientemente importantes para amalgamar lo que antes amalgamaban. ¿Ha decaído la categoría de esos valores? Quizá lo que ha decaído es la idea de la unión. Es evidente que, pese a cualquier esperanza en la que creamos, somos incapaces de tomar la decisión de convertirla en un faro que nos alumbre. ¿Cuáles son las causas? Una de ellas es la evolución que ha sufrido el individualismo moderno. La personalidad se ha vuelto egoísta. Nos comportamos como náufragos. De la mañana a la noche nos hallamos inmersos en un aislamiento irrenunciable, irreconocible e inesperado. Eso influye en la familia, en las relaciones laborales y en la sociedad. Estamos más comunicados que nunca, pero esa comunicación es incapaz de cruzar mensajes.

            El ciudadano es, ahora, una persona con muchos intereses, pero exenta de canales para decir cosas importantes, incluso personales. Todo consiste en una ruptura del diálogo. Todo se ha vuelto eso. No hablamos, porque no tenemos interlocutores, receptores que se hagan cargo de lo que tenemos que decir, que nos escuchen. Esos receptores han delegado su atención en elementos tecnológicos, en culos de saco y vías muertas. Supongo que es el fin último de la mayoría de los algoritmos. Así que la ciudadanía es simplemente un murmullo, como el de los pájaros del bosque. Cuando observa una injusticia, responde con un meme. Cuando alguien la pisotea, utiliza la tarjeta de crédito. Es una especie de consuelo personal con el que la colectividad reacciona, porque tampoco cree en una justicia que resulta lenta y errática. Lo único que la ciudadanía considera repleto de legitimidad son los comicios -cuando existe una democracia-, aunque todo esté concertado, como en los antiguos matrimonios. Los que votan no encuentran motivos éticos para votar, y los que aparecen como candidatos obedecen a fondos de inversión, o son instrumentos de ideas fabricadas tras cortinas bien espesas. Se ha desvirtuado a la ciudadanía hasta convertirla en un rebaño que tiene la divina capacidad de obedecer, pero ha renunciado a reclamar lo que desea. Es lo que, ahora, supone ser libre.

            Los que mandan no nos tratan como a ciudadanos, sino como a una especie de granja de pollos. Nuestra vida, sin que reparemos en ello, contiene muy pocas funciones, y ninguna decisión propia. El hombre sigue en sociedad porque es la forma en que el hombre produce beneficios. Los pollos sin duda se comunican, pero han perdido las condiciones en las que esa comunicación pueda ser pertinente, o servir para ir en busca de la libertad. Tampoco tenemos conciencia de haber elegido la esclavitud. Hemos descubierto, a tenor de cómo ha evolucionado la relación entre los poderosos y el resto, que el concepto de ciudadanía, incluso el de sociedad, estaban sometidos a una obsolescencia. La revolución tecnológica, y con ella la inteligencia artificial, por poner simples ejemplos instrumentales, han convertido el abandono del pensamiento en un síntoma de progreso. Ahora anhelamos ese cambio de vida por tecnología que nos hace modernos. En diez años hemos olvidado lo que era la vida pre-digital, cómo se enseñaba en la escuela antes de que llegaran los ordenadores y cuán felices podíamos ser, aunque no lo fuésemos, antes de que WhatsApp nos quitara la palabra de la boca y la llevara al teclado.

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