Asistimos, una vez más, a una muestra de cómo en EE. UU. el asesinato se convierte en una decisión política. La polarización ha llegado a un punto en que los enfrentamientos no se dirimen con una votación, o una mayoría, sino mediante el exterminio de los opositores. Los que componen el gobierno estadounidense soslayan la verdad, y ganan un buen sueldo, justificando esas muertes de compatriotas, aunque sean blancos y crean en Dios. La distinción radica en que, además, son demócratas. Al asesinato de Renee Nicole Good, de 37 años, en Minneapolis, le ha seguido el de Alex Pretti, un enfermero también de 37, y el de Silverio Villegas, en Chicago, de 38. Además, se cuentan más de 30 muertos bajo custodia policial desde que empezó la campaña de limpieza étnica, y también ideológica, organizada por Trump. Toda esta política parece copiar la de Netanyahu. La secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, utiliza las mismas palabras que el líder israelí para dar amparo a las barbaridades que cometen las milicias del ICE. Quizá sólo exista una razón para que esto haya pasado: que los que asesinan no van a la cárcel, igual que los que asaltaron el Congreso.
Lo que realmente parece inconcebible es que la oposición demócrata, así como el sistema judicial, se encuentren inermes. Por primera vez en la historia de los EE. UU., la democracia ha invalidado a las instituciones, sobre todo la del sistema judicial. Las formas de política exterior de Trump son colonialistas; las de política interior, dictatoriales. En el país más libre del mundo, nos repite Hollywood una y otra vez, la normalidad de la gente que sale en las películas ha sido borrada de las calles. Ahora la gente muere huyendo de los paramilitares del ICE: Jaime Alanis, emigrante mejicano de 57 años que había trabajado durante 10 en lo que para él era su país de acogida, cayó del techo de un invernadero intentando escapar. Roberto Moyano, guatemalteco de 52 años, fue atropellado en Monrovia, California, cuando intentaba cruzar la autopista mientras era perseguido por el ICE. Josué Castro, hondureño de 24 años, fue igualmente atropellado en Norfolk, Virgina, por la misma razón. Ninguno de ellos había sido perseguido antes de que Trump firmase la orden de acoso y extradición. Quizá tuvieran papeles, puesto que tenían trabajo, pero ahora se trata de anular la democracia vaciándola de todos los principios que la definían.
Desde que montó aquel vídeo en que lanzaba mierda desde un caza a los manifestantes que lo trataban como rey, el pueblo no importa mucho al presidente Trump. La democracia le ha dado un poder autocrático sobre los que votan. No odia al partido demócrata, lo desprecia, de ahí que sus manejos de asesino lo hayan puesto al margen de la política. La pregunta que nos hacemos es por qué no para nadie tales despropósitos, por qué la gente que se manifiesta contra Trump no tiene representación en el Congreso, el Senado y los órganos de justicia. Supongo que se trata de una pregunta retórica, y también un espectáculo circense para los que apoyan a este Moloch de la democracia. La policía antes mataba negros, ahora mata disidentes. Una vez tiroteados y rematados, da igual lo que se alegue para justificar esas muertes. ¿Defensa propia? Es lo mismo que justifica a la serpiente de cascabel ante el ratón que va a comerse. Si no se lo come muere de hambre. Defensa propia.
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