El monolito

Hay que reconocer que Trump está simplificando bastante al estadounidense, y también al hombre occidental. Antes había relaciones internacionales, cultura -sólo aparente, pero con sus libros y sus películas-, además de un derecho impostado y todas esas conquistas sangrientas que probaban que veníamos del mono, pero deseábamos actualizar nuestros genes. La simplificación de Trump consiste en volver al mono. Es lo más fácil, y no requiere apariencias. El mono no finge, no le da por conquistar cosas que no necesita. El mono sólo tiene su fuerza y, con ella, las hembras de Epstein y el petróleo de Venezuela. En realidad, en una política internacional donde hay gente lista y ambiciosa, gente que ha leído y que habla varios idiomas, es preciso invertir los términos: nada de diplomacia, de protocolo. Nada conversacional. La propia democracia estorba a quien manda la guardia nacional a las ciudades gobernadas por demócratas, y manadas de bisontes al Congreso, como si se tratase de un ensayo de trashumancia. Secuestrar al capo de Venezuela ha resultado igual que protagonizar “El libro de la selva”.

            Volver al mono es lo que más allana el camino. El más fuerte se impone y se lo lleva todo. A los débiles sólo les queda la sumisión o la muerte. Para eso están los F-18 y los marines. Al fin y al cabo, el europeo ha convivido con Maverick y Sarah Connor, y los héroes Marvel, hasta convertirlos en cuñados. La americana no es una cultura, sino una religión donde se repite siempre la misma misa y se adora el determinismo económico, esté o no justificado. No podemos criticar a Trump, porque lo tenemos en casa, con Netflix y Amazon y Google y Halloween, que son Pinochos algorítmicos programados para que no les crezca la nariz cuando echan mentiras. Cierto que los EE. UU. han hecho siempre lo que han querido en la política internacional, pero ahora Trump lo ha convertido en evidente: occidente tiene que volver a ser una tribu de monos que se espulgan al sol y ven “Yellowstone”.

            Cierto que parecen decisiones erráticas y caprichosas. Ha creado un mundo jerarquizado por la fuerza, donde sabe que él es el más fuerte. Su pasado no tiene secretos. Fue un hombre vulgar hasta que llegó a la política, un simple millonario que sólo comprendía lo que podía adquirir con dinero. Por eso odia la ilustración. La ilustración arroja un mundo con valores que no entiende, inasequibles para él. Prefiere sentarse en el Despacho Oval que en la mansión de Jay Gatsby, allá en el extremo este de Long Island. A esa sólo se puede llegar con imaginación, en cambio llegar a la Casa Blanca es fácil: voluntad, poder, soberbia, dinero. Las cuatro fichas del parchís de la omnipotencia. Se siente un mesías, y la clave de lo que ha conseguido quizá nos la dio Kubrick. Trump fue el primero en adelantarse a tocar el monolito, por eso es el elegido. Sabía que el monolito aparecería con sus medidas perfectas: 1, 4, 9, los cuadrados de 1, 2, 3. Son la proporción áurea del caos. Así que el resto de occidente se quedó en la simiedad, contemplándolo todo a distancia, y fue él quien inventó las herramientas más básicas: el portaviones, o el campo de golf, o el rotulador para firmar órdenes ejecutivas. Trump quizá no haya visto la película de Kubrick. El poder es lo que tiene: te exime de casi todo.

Publicado en el diario HOY el 10 de enero de 2026

Deja un comentario

Blog de WordPress.com.

Subir ↑