Palabras

La llamada civilización -no sólo la occidental, sino la que nació cuando el hombre se volvió sedentario y habitó territorios que después se convirtieron en países- tiene rasgos bastante insólitos. El más concluyente es que el hombre civilizado dice unas cosas y hace otras. En efecto, hay un germen cristiano, en aquel por sus obras los conoceréis del evangelio de Mateo, en relación a la advertencia sobre los falsos profetas. De hecho, la historia de lo que llamamos civilización está constituida por dos elementos paralelos: la realidad y la máscara tras la que aparece. La palabra es siempre una careta que nos ponemos, igual que en Extraño interludio, la obra teatral de Eugene O’Neill en la que los personajes, cuando piensan, lo hacen con una voz distinta a cuando hablan. La política actual nos está mostrando que no siempre las palabras deben algo a la realidad, y menos a la voluntad de quienes las dicen. Cuando un tipo como Trump secuestra al tirano de otro país porque quiere el petróleo de ese país, o no quiere que los chinos se lo lleven, el hombre culto se estremece por varios motivos. Una, porque Trump no miente cuando justifica sus razones egoístas. Dos, porque descubrimos que el derecho internacional es una formalidad que sólo sustenta un orden que no existe. Tres, porque las palabras que dice un político, o que calla, pertenecen al mismo campo de arenas movedizas sobre el que sentamos las bases de nuestras vidas. Las palabras, en el mundo actual, no sirven para nada, aunque las digan los hermanos Grimm, porque hemos quitado a la verdad todo el crédito que tenía. No sabemos qué hacer con ella, incluso dudamos de si sería preferible la ignorancia al conocimiento, aunque esto haya que pensarlo con reservas.

            Poco a poco, la comprensión del mundo, del hombre, de la historia, de la realidad política, del poder no pueden ser entregadas por la palabra. La palabra está para otras cosas, no para ser traicionada. Es el vehículo de la mentira y, por tanto, de la literatura. Hay que leer mucho para darse cuenta de que esa mentira contiene la única verdad que existe, así que -sintiéndolo mucho- vamos a tener que considerar a Donald Trump, el tío que peor habla del mundo, una especie de tosco Montaigne, de Sócrates epigonal, de sibila asperger y literal. No sabe hablar, por tanto no sabe mentir. Dice la verdad, y diciéndola, es decir, dándole a la palabra el sentido que debería tener, nos muestra el mundo tal y como es: insufrible. Trump es una excepción en la política, igual que lo fue Hitler, aunque por otras razones. Sus mañanas eternas jugando al golf han hecho de él un tipo que no puede perder el tiempo en otras cosas, en ponerse la careta para decir lo que no piensa. Suponemos que todos los millonarios tienen esa certeza, son moles con el poder suficiente para decir la verdad.

            El resto del mundo se escandaliza. Podemos soportar la mentira, sobre todo la mentira política, pero en pequeñas dosis. La verdad es insoportable. Votamos a quienes queremos que nos mientan. Intuimos que el poder es mucho más banal de lo que parece, pero siempre ha estado ahí, igual que la maldad. Trump organiza su hemisferio como lo hizo Tolkien con la Tierra Media, colocando a Mordor en la Alemania nazi, a la Comarca en su querida Inglaterra y a Rohan y Góndor en los campos de batalla de Francia. El único cambio con El señor de los anillos, que seguramente Trump ni sabe que existe, es que ahora él es el Señor Oscuro, y Mordor su país. La reordenación de Sudamérica es su Mein Kampf. Pero no hay que escandalizarse, para los demás la guerra del bien contra el mal continúa. Ganará el mal, como siempre, pero, a menos que los orcos seamos nosotros, tendremos aliados que nos ayudarán a organizar una nimia resistencia: Rusia, China, Israel y los gobiernos democráticos, o totalitarios, que van a ir compareciendo ante el juez Alvin Hellerstein por inundar de droga, y no de petróleo, los EE.UU. En cualquier caso, la palabra está perdida. Habrá que meterla en un moisés, envolverla en un hatillo y abandonarla en la piscina de la hija del faraón.

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