Stefan Zweig se suicidó en 1942, en Petrópolis (Brasil), tras poner el punto final a uno de los ejercicios de nostalgia más imperecederos que se hayan escrito: “El mundo de ayer”, un libro que narra el estado de gracia que supuso la cultura del imperio austrohúngaro, cuyo final, desencadenado por los nazis y la II Guerra Mundial, acabó con la mejor Europa desde Giordano Bruno. Zweig se quitó la vida tomando barbitúricos, junto a su esposa Lotte. No pudo soportar -quizá su esposa tampoco- la desaparición de una tradición basada en lo grande, en la búsqueda de formas estéticas y mensajes que reflejaban las facetas más luminosas y más sombrías del hombre, una tradición que la política invalidó. Es lo que suele hacer la política. Zweig no fue una de las personalidades más distintivas de su tiempo, tampoco su amigo Hermann Hesse, pero otros intelectuales europeos con los que se relacionó estrechamente sí lo fueron: Joseph Roth, Klaus Mann, Rilke, Leo Perutz o Kafka, con este último a través de amigos comunes, como Ernst Weiss. De alguna forma, Zweig tuvo la intuición de que la cultura europea no se levantaría jamás, como así fue.
Justo un siglo después, todo esto está repitiéndose, o va a repetirse. En Europa sólo quedan banqueros y gente que lee “best-sellers”. La cultura es el caballo malherido que llama a todas las puertas, como decía Lorca. Ni en China ni en Rusia, ni en EE.UU. se escribe ya, y apenas se piensa. Silencio y trabajo. El pensamiento es una concesión gubernamental en los países que engrasan sus silos nucleares y toman posición en el mundo actual. Y las nimias trabas a todo esto, las protestas, las manifestaciones en contra se representan en un escenario parecido a la represión. La diferencia entre el comunismo y el capitalismo -cito a Reinaldo Arenas- es que en el primero te dan por culo y tienes que callarte, y en el segundo, al menos, puedes gritar todo lo que quieras. La protesta sigue siendo opcional, como la opinión, como ponerse leggins o minifalda, como leer a San Juan o a Dan Brown, pero la agresión se mantiene y se ha convertido ya en el origen de todos los síntomas que padecen nuestras sociedades democráticas. Supongo que sigue dependiendo de nosotros aceptar o no que los grandes sistemas económicos, que son los que manejan este juego del calamar, nos cierren el único reducto que nos queda, el de la cultura.
Asistimos a una época semejante a la que presenció Zweig. De momento, está claro que Europa no tiene amigos. La estrategia internacional se plantea como una confrontación sin fisuras. La cuestión no es quién se come el mundo, sino en qué situación quedarán quienes lo han construido. De nuevo, una guerra entre poderosos, igual que en 1914. El resultado será otro periodo de tinieblas, otra edad media en la que todo ocurrirá durante una eterna “Noches de los cuchillos largos”, esta vez a nivel de ejes o estados. En la actualidad no vivimos el florecimiento de una cultura que busque el significado del hombre, como cuando escribía Stefan Zweig, sino más bien un proceso que tiende a que todo desaparezca como si nunca hubiese existido. La verdad empieza a ser una cosa del pasado. Derechos a cambio de supervivencia, esa es la transacción que se nos propone. O nos convertimos en máquinas, o aceptamos el neofeudalismo que nos espera.
Publicado en el diario HOY el 3 de enero de 2026.
Gracias DJ LOWRY 🙏
🤜🤛
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