Por estos días llega, un año más, el examen de selectividad. No es inútil, pero tiene demasiada importancia. De nuevo, los chicos que acaban el bachillerato han de enfrentarse no a lo que les piden para aprobar, para sacar las notas que necesitan si quieren triunfar en la vida, sino a las condiciones de un examen hecho para que la mediocridad ocupe el 90% de los resultados, y el talento el 10%. Llevamos ya decenios debatiendo sobre lo que aporta a la educación, o a la enseñanza, esta prueba. Las posturas son, a veces, contradictorias. Se sabe que la selectividad rebaja los resultados de la enseñanza privada y concertada, que en muchas comunidades suelen ser inflacionarios en el bachillerato, e incrementa los de la enseñanza pública. Quizá sea el único elemento de justicia que podamos apreciar en ella, porque está claro que los propios planteamientos académicos de una enseñanza y otra encuentran en el examen de junio una simple compensación. Se trata, además, de un examen de cultura general, es decir, eso que no les enseña TikTok ni la pornografía que les ofrece la inteligencia artificial, con maromos y trabajadoras del sexo con las caras de sus compañeros y compañeras. Tiene sus alicientes, pero después de verlo es difícil entrar en clase y aprender.
Se ha dicho que sería mucho más efectivo hacer exámenes de ingreso en las facultades que cada uno elija, pero quizá eso volvería al proceso, y al alumno, demasiado especializados. La cultura general está bien, pero ha desaparecido de nuestras vidas. Ya no se habla del amor cortés, ni de la importancia de la lechuga rizada en la arquitectura de Gaudí. Hemos, por tanto, de diseñar exámenes sobre lo poco que se aprende en el bachillerato, aunque con el tiempo haya que aceptar las abreviaturas de Whatsapp e incluir lo que dicen las influencers que más aportan a la ignorancia urbi et orbe. La sabiduría no es más que una síntesis de lo que no se sabe, y la escuela ha sido siempre -de ahí el mal ejemplo que ha dado- el eslabón más débil de todo ese protocolo que lleva a nuestra sociedad a la idiotización, porque la escuela está atada de pies y manos.
Tenemos, además, el problema de las notas, los llamados numerus clausus, que son aquellos a los que todos los alumnos quieren llegar sin necesidad de dar un palo al agua. El esfuerzo está sobrevalorado, dicen los sociatas; es un concepto paleontológico, igual que lo son el botijo, o el brasero, de modo que pronto gamificarán la selectividad y los que más notas sacarán serán aquellos que mejores resultados obtengan en un Trivial Pursuit hecho por el partido al que pertenezcan, porque actualmente todos los que aspiran a tener un futuro quieren ser futbolistas o ir hacia la política, que es la especialidad que menos especialización requiere. En la política basta la fe. En eso se parece al sacerdocio, que era la ocupación preferida en España durante el siglo XIX. Decía Baudelaire que todo lo que el estado alienta muere. Algo así ocurre ahora con la universidad, incluido el examen de selectividad. Por desgracia, hay que realizar procesos selectivos, estamos condenados a ellos. Ocurre como con la vivienda: en lugar de hacer más pisos, hay que luchar por ganar más para acceder a los que hay. ¿Qué ocurriría si hubiese más plazas en las universidades? Está claro que habría que cursar más carreras para sacar las oposiciones a barrendero, que es un trabajo admirable, porque no hay que hacerlo mal para que lo consideren a uno.
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