El mundo está cambiando, pero lo hace porque ha tomado el camino hacia la locura. Habría que seguirle la corriente al presidente Trump. No nos queda otra. Es decir, pongámonos de parte de Rusia y salgamos de la OTAN. Podemos vivir sin Trump, sin el papel de los EE.UU. en el mundo. Renunciemos a Amazon, a Netflix, a Google, a todas esas sombras chinescas que aparecen cuando ponemos una luz detrás de las pantallas, y construyamos refugios antinucleares bajo nuestras casas, armémonos contra los americanos, que están siendo nuestros nuevos invasores, aunque hasta el momento los hayamos creído aliados. Consolémonos pensando que ni Henry James ni Scott Fiztgerald, dos americanos, hubiesen votado a un señor que se echa tinte rojo en el pelo. Nosotros preferimos a Van Gogh. Hemos dependido en demasía de América. No obstante, no creamos que la separación de EE.UU. va a suponer sólo una guerra comercial. No tenemos enfrente a un presidente que no cree en nada. Simplemente es incapaz de tener creencias. Es diferente. Sólo aspira a parecer más de lo que es. Habíamos estado temiendo que Putin, aliado con China, cambiase el escenario del poder mundial. Ahora resulta que Putin no va a aliarse con China, sino con Trump. Y hay dos cosas que dan miedo en este nuevo escenario: la primera, la oposición inexistente de los que están contra Trump en los EE.UU. La segunda, la actitud quietista de Europa.
Quizá dentro de cuatro años, un nuevo presidente americano cambie todas estas políticas de frenopático. Ante esa esperanza, hay que preguntarse si se dará ese cambio, ya que la democracia americana se ha convertido claramente en una autarquía, no sólo por la permisividad del pueblo americano, sino porque hay varios libros que ya lo han anticipado. Yo creo en los libros. Me refiero a La conjura contra América, de Philip Roth, y también, por supuesto, a El hombre en el castillo, de Philip K. Dick. Se han escrito más, pero eso sólo muestra que la autarquía es una idea que jamás ha abandonado al poder absoluto, tan fácil de conseguir en los EE.UU. con una simple votación. La última moda, que sospechamos se convertirá pronto en hábito, es la de insultar a Zelenski. No se trata de que Zelenski haya perdido el derecho a defenderse. Es sólo que a Trump le cae mejor Putin. Las autarquías se justifican mutuamente. Si existen, la identidad es la única forma que tienen de justificarse.
Se trata, por tanto, de demostrar que lo que uno es resulta incontestable, apabullante, irresistible y fascinante, aunque también sea descorazonador. Trump contra el resto del mundo. Musk y Vance son sólo los dóbermanes que le guardan el chalet. Los tiene allí para jugar con ellos y, en el fondo, superarlos enseñando los dientes. He dicho una vez que puedo entender las medidas económicas de Trump, su odio a todo lo que no aparece en el espejo cuando se mira, pero lo que hemos visto en la visita de Zelenski a la Casa Blanca me parece no una locura, que lo es, sino una falta de respeto, una humillación. El dinero no da lo necesario para mostrar sensibilidad y educación. No llega a eso. Ha habido muchos muertos en Ucrania. Trump acaba de dar sentido a cada uno de los que haya de aquí en adelante. Nunca pensé que la palabra libertad tuviera sentido en el mundo en que vivimos. Pero lo tiene.
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