Los manipulados

Los partidos lo saben, igual que sus asesores ideológicos, el INE también, la televisión, el IBEX35 y sus lobbies, los líderes de opinión y los medios de prensa en los que compiten. No se habla de ello, igual que no se habló durante mucho tiempo de Barbara Rey, pero todo el mundo sabe que aproximadamente el 85% de los españoles puede ser manipulado en unas elecciones, si se pone sobre la mesa una serie de estrategias más simples que el mecanismo de un cubo. El español es así: lo soporta todo, y reacciona de forma automática ante estímulos que resultarían aburridos para un viejo en un asilo. Sin duda, la situación política nos ha llevado a esto. La realidad española, durante años, ha sido expoliada de carácter, de originalidad y, sobre todo, de capacidad para que respondamos a lo que es y a lo que nos impone. Todo gracias a políticos e intelectuales pagados que, en realidad, han desempeñado durante años el papel de folklóricas.

            El pueblo español aceptó una constitución que no leyó y de la que no sabía nada, aceptó la privatización de todos sus monopolios estratégicos, aceptó el bipartidismo y corrió un velo acrítico sobre la banalización de la escasa política que, durante la transición, inició movimientos rupturistas o contestatarios. Después, todo se convirtió en el desierto que actualmente atravesamos. El Congreso no ha sido capaz de evolucionar, de aprender, de convertirse en un foro de estadistas. Lo único que ha conseguido es perpetuar una trama de teatro de guiñol, alternando las dos caras de la moneda que el español manosea y gasta: la derecha y la izquierda. Esa alternancia siempre se da, porque el 85% que todo el mundo sabe que existe reacciona -únicamente el día de las elecciones- frente a argumentos como los inquiocupas, el precio de la vivienda, la inflación, la carga fiscal, la inmigración y los armarios de los LGTBI. Somos siempre víctimas de un escándalo hasta que votamos. Después, los políticos viven su vida durante otros cuatro años, y aquellos elementos ante los que hemos reaccionado, sólo a la hora de votar, se convierten en inmovilidades propiciadas, precisamente, por los equilibrios políticos, que nunca permiten que haya cambios. Ni cambios ni soluciones.

             Este país es un enorme camión que patina en el barro. Podríamos esperar a que ese barro se secase, pero hay demasiado interés en echarle agua. Pensar de forma general en mantener una posición digna en Europa, acorde a lo que somos, choca con demasiados intereses. La pequeñez de los que nos dirigen, y la forma en que se ha anulado a los que podrían decir algo, o tomar las riendas, sólo da a entender que hay demasiados mediocres que viven de la quietud que nos define. Convendría que ese 85% pidiera una educación en la que se enseñara a pensar, a diferenciar la política de la realidad, y a tener un criterio con el que exigir una responsabilidad de otro tipo a los que mandan.

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