Antes de que se inventara el libro de bolsillo, Walter Benjamin ya habló de qué iba a ser de la obra de arte en la época de su reproducibilidad técnica. Fuimos tan ingenuos que pensamos que reproducir la obra de arte hasta la saciedad facilitaría que esa obra llegara a todo el mundo, que su reproductibilidad supondría por sí sola una forma de pedagogía, igual que cuando se inventó internet. En ambos casos ha ocurrido lo contrario: nada ontológico llega a la masa, ni nada importante. La masa se caracteriza porque jamás ha tenido una noción de sí misma, así que la obra de arte -y estamos viéndolo en lo que se publica, en lo que se ve y en lo que se exhibe- no puede pertenecer a la multitud. Sin embargo, eso no constituye un problema, sino el hecho de que ya no se publiquen, ni en el supuesto caso de que se escribieran, obras de arte. En el Siglo de Oro lo que se leía multitudinariamente era El Quijote. Se ha dicho muchas veces que ahora no se lee, se consume. La obra individual, la que firma la mayoría de los autores, ha pasado a ser intercambiable e inasumible. Sólo entretiene y, por tanto, el libro que es producto de un estilo, de una forma de ver el mundo, ya no importa. Importa tan poco que en realidad no se escriben libros, sino series de libros. Esa serialización la suscribe el público, lo que se vende, lo que supuestamente hace dinero. Volvemos, igual que en la Edad Media, a una era de versiones y refundiciones. Si algo tiene éxito entre la masa, que es la que puede originar grandes beneficios, se convierte en estereotipo, en un rango de calidad. Ya no se escriben libros, se escriben géneros. Y la gente responde a las nuevas entregas de esos géneros porque lee con la mentalidad de quien compra la entrada para un parque temático.
Asistimos a la difusión de seriales como si viviéramos un tiempo del que hemos eliminado la verdad. No se leen obras complejas, ni tampoco profundas. No hay nada en lo que se escribe, en lo que se lee, que ofrezca una interpretación del mundo o de la vida. Todo es una repetición, una versión inacabable de aquello que engancha. El nuevo público renuncia al sentido, al hecho de que cualquier obra de arte debería encender una luz en el presente. ¿Cuántos de los que hoy leen 1984, de Orwell, encuentran un reflejo de su propia época? El público actual se ha quedado sin esa lente con la que, a través de una obra, podía encontrarse a sí mismo. La educación y la cultura basada en el beneficio han privado al lector de una relación íntima y determinante con lo que lee. Hay lectores, por supuesto, que buscan otra cosa, siempre los ha habido, pero el tono de la cultura de masas es cada vez, y esto hecho a propósito, más vacío y repetitivo. A finales del XIX la gente consumía a Dumas, ahora consume inteligencia artificial. Pronto los autores, los verdaderos, sobrarán.
Dicho esto, la propia reproductibilidad técnica del libro está por encima de lo que se dice en ellos. Tiene razón Constantino Bértolo cuando dice que “los autores escriben textos, los libros los hacemos los editores”. El problema sigue radicando en lo que contienen los libros que se publican, puesto que en buena medida son los editores los que han roto, o censuran, u oscurecen la relación que la literatura ha tenido siempre con el mundo que aparece en ella. La edición se ha puesto al servicio de la mamarrachada, porque es la mamarrachada lo que lee un público educado previamente para leer mamarrachadas. ¿Por qué? Porque mamarrachadas es lo que cualquiera puede escribir. Publicar de esa forma constituye uno de los mayores errores en los que caen los editores agigantados por la industria. El problema continúa ahí: la gente lee 1984, pero ya no sabe lo que dice. Si lo supiera, no seguiría leyendo siempre el mismo libro, lo que se repite una y otra vez, hasta olvidar quién lo ha escrito.