La impresión de que el mundo es un caos quizá sea anterior a la llegada de Trump. Puede que Trump no suponga más que el resultado de una situación que ya estaba gestándose. En realidad, Trump, un presidente que se comporta como un virus, quizá sólo sea el monigote de la famosa ilustración oscura que reinventará el genocidio y el gueto para que parezcan juegos de los Teletubbies. Si le echamos un vistazo a las estructuras que definen la política, todo indica que el ciudadano normal, el que echa su voto en la urna, se halla a merced de corrientes de poder que campan a sus anchas, la mayoría al margen de principios que eran inamovibles. Tales poderes están corrigiendo la democracia europea, sobre todo la española. Acabamos de ver cómo un fondo buitre quintuplica el alquiler de una anciana llamada Maricarmen, de 87 años y, aplicando la ley, la policía la echa a la calle, con su silla de ruedas, a cambio de una plaza gratuita en el Valle de Josafat de las residencias de Madrid. Vemos cómo Dinamarca cede Groenlandia, sin que nada enturbie su soberanía. Vemos cómo el socialismo español vota a favor de Marruecos, y contra la resolución crítica planteada por Europa, por los sobornos de lobbies marroquíes a diputados del Parlamento Europeo.
Todo poder se ha vuelto fáctico. Nada es lo que parece. Ni el poder político, ni el económico -donde compiten derechos y atrocidades- funcionan más que formalmente. Todo se han vuelto suposiciones. Todo es ‘commedia dell’arte’. Cualquier escenario democrático es un espejismo donde Arlequín o Polichinela engañan al pueblo, usando las redes y la televisión. Ya nadie sabe lo que los políticos quieren, ni si realmente representan al interés común. Ideas sublimes como la igualdad, la democracia, la legitimidad, la integridad territorial tienen un mínimo de dos caras. Sin embargo, sospechamos que no se trata más que de conseguir tajada. Gobernar se ha vuelto un negocio. En las elecciones ya no nos jugamos nada. Las decisiones, independientemente del partido que gobierne, siguen tomándolas los mismos.
Se inician guerras para doblar el precio de la gasolina, se sigue usando ‘La cabalgada de las Valquirias’ para invadir países, y los políticos mienten como si fueran el barón de Munchausen. Nos hemos vuelto insensibles a la lucha social. Todo propósito se disfraza con una propaganda que dice lo contrario. Las democracias se parecen cada vez más a las dictaduras, en Rusia, EE. UU., Israel o Argentina. En la mayoría de los países la relación entre el gobierno y la voluntad popular parece cada vez más inexplicable. El ‘fascio’ crece frente a una izquierda claramente caciquil. ¿Somos más libres, al menos? El otro día estaba recitando un poema de Machado, con el móvil a cinco metros, y de pronto se enciende la tele y fueron sus altavoces los que pronunciaron los últimos versos. Vivimos una parodia de libertad. La desigualdad, ahora, incide más en la voz que en el dinero. Los votos no sirven, por tanto las voces tampoco. Las sociedades ya no firman el contrato social de Rousseau. Lo firman quienes manejan la pasta, las instituciones y la verdad. Hemos dejado de relacionamos con personas u organismos, ahora es con suposiciones. Habitamos un mundo fáctico, inevitable e inmóvil. Todo se ciñe a lo establecido. La inspiración ya no es una mano de nieve, sino el sucio dedo que le da al intro que transfiere la nómina.