Bloques

Empieza a decirse que estamos pasando de una situación en la que había dos partidos a otra en la que hay dos bloques. PSOE y PP han absorbido a sus satélites, por pánico electoral, y ahora constituyen, cada uno en su órbita, dos portentos sin definición ni, en realidad, ideología. Los bloques son inventos para no matizar, para no tener que declarar qué política quiere cada uno, sino qué sangre tiene en las venas. Volvemos a la lucha del bien contra el mal, con una salvedad: en ‘El señor de los anillos’ sabíamos que los buenos eran Aragorn y Legolas, y Gandalf, y los malos Sauron, Saruman y los Espectros del anillo. Era fácil diferenciarlos, porque los buenos eran buenos cada uno a su manera, cada uno aportaba algo distinto a la victoria, como las familias desdichadas de Tolstoi. Los malos, sin embargo, no tenían caras: desde el Señor Oscuro hasta el último orco formaban parte de un grupo indiferenciado, de un pensamiento que sólo pertenecía al líder. Esto es lo que ha conseguido nuestra democracia, con una diferencia: los bloques son intercambiables. El que era bueno puede ser corrupto, y el que era malo, también corrupto, puede ahora salvarnos de la bondad del otro.

Unos piden sacrificios, como Churchill, que era bueno. Otros prometen seguir dándole a cada español la imbecilidad que había conquistado desde el comienzo de la democracia. Los pequeños partidos, que antes eran grandes esperanzas y ahora son nanotecnología, apoyan a los grandes para probar, o mantener, el poder. El poder político en España es una patente de corso que se otorga a la falsedad que parece más viable. La vivienda o las pensiones han dejado de ser problemas, ahora son amenazas. La mentalidad de bloques hace que las pensiones se blinden con el IPC antes de las elecciones, o que en Extremadura se apruebe una subida retroactiva a los docentes de la enseñanza concertada.  Son decisiones fundadas en el desprecio, para fastidiar al otro. El radicalismo contra la moderación, o viceversa. No existen las medias tintas, eso dejémoselo a las novelas de Graham Greene. Milei se abraza a Ayuso para montar una caricatura de otro montaje electoral: el del beso de Sánchez y Begoña. Hay que renunciar a las ideas para alinear una fila de cañones, porque existe la posibilidad de que los votantes seamos tontos.

No hay mensajes, sólo himnos. Una vez que la educación de orfanato que tenemos ha formado a un votante que tiene que ser seducido, no convencido, lo más práctico es la publicidad. La publicidad no necesita ni seducción ni convencimiento, sólo repetición.  Es la técnica de Goebbels y la Cola-Cola. En este país, los grandes argumentos para ganar comicios empiezan a ser genéticos. El voto forma parte de la naturaleza. El votante ya no vota a frentes políticos, vota por que gobiernen sus propias enfermedades, sus depresiones, sus trastornos de ansiedad, sus compulsiones y sus déficits. No hay principios, sino poder, y ese poder contiene tal dosis de venganza que sólo se ejerce acabando con el otro. Los partidos podrían llegar a acuerdos, los bloques son irreconciliables. El 29-N saldrán de sus cunetas los muertos de la Guerra Civil para decirles a los políticos actuales lo que aquel estoico, acompañando en el carro a los generales victoriosos, les repetía durante el desfile del triunfo: ‘Recuerda que sólo eres un hombre’. A este paso, como decía Kafka, sólo va a sobrevivirnos nuestra vergüenza.

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