Los últimos desastres nos han dado la tregua del mundial de fútbol, como si la justicia pidiera una oportunidad. Salvar el mundo está en manos de muy pocos. Desde luego, de los intelectuales no. No aportan, desde Camus, una visión ecuménica de la realidad, una que puedan compartir los humillados y ofendidos, y además fastidie a los ricos. Que la verdad no exista supone que la justicia tampoco, y eso es culpa de los algoritmos. El Papa no puede dárnoslas, aunque ha escrito una encíclica contra ellos, y tampoco Bad Bunny, que se empeña en ser más divino que él. No creemos en nada, porque para creer es necesario no haber pasado por ningún trastorno por déficit de atención ni tener hiperactividad, ni depresión, ni ansiedad. Uno puede tener fe en que todo se arreglará cuando no tiene lastres, que es lo que la sociedad nos impone con cada telediario. Ser libre cuesta cada vez más dinero y, poco a poco, el mundo se está volviendo insalvable. No existe una cárcel donde podamos meter a Trump, Netanyahu o Cristine Lagarde. No somos capaces ya de imaginar cómo será el futuro o, al menos, cómo sería tenerlo.
La gran redención está en el fútbol, en el mundial. El mundial es un río de aguas cristalinas en las que las apariencias y la realidad coinciden. Nada se compra ni se vende, al contrario que en el Real Madrid. Los jugadores son del país, salvo excepciones de las que mejor no hablar. La equidad existe en el mundial. Es evidente, palmaria, hasta sale por la televisión. Nadie escribe libros, porque no son necesarios. Nadie complica las cosas. Los peores pierden, los mejores ganan, los favoritos empatan. Hay algo hiperbóreo, inmaterial, que dice siempre la última palabra. Así debe ser. Uno sabe que en el mundial ocurre lo que tiene que ocurrir. Si Messi mete tres goles es porque Dios sólo metería cuatro y, por tanto, Messi es un Dios al que el ICE deportará en cuanto acabe el partido. Si España embotella a Cabo Verde y no consigue marcar un solo tanto es porque el destino está escrito así, igual que el de Zapatero. El hombre ha sido puesto en una butaca pagada a precio de oro, pero únicamente para ser un espectador televisivo. Ver el mundial es como ir a misa: uno sólo repite lo que dicen los demás.
Al menos, en el mundial la integridad produce justicia. Un jugador marca porque es grande. El mundial no tiene en cuenta las imperfecciones del hombre, y escribe en las tablas de la ley lo que el hombre debería ser siempre, y sólo es durante el mundial. Actualmente, los tribunales no sirven para nada, la política sigue construyendo el pensamiento único, Netflix trabaja para convertir a los españoles en encefalogramas planos, el futuro se desvanece ante nuestros ojos, y la esperanza sigue encerrada como un Segismundo en las ergástulas de Ayuso. Por fortuna, nada de eso llega al mundial de fútbol. Cada cuatro años, la justicia emerge. El mundial refuerza los puntales de todo aquello en que creemos: los grandes hombres luchan, como en la Ilíada, a los pequeños se los comen, como en el parchís, y los mediocres siguen empatando. Hombres contra hombres, el futuro contra el pasado, la ilusión contra la resistencia, el dinero contra la fe… Y lo más importante: Israel no participa. Ganaría la final con el voto telefónico del público.
Publicado en el diario HOY el 20 de junio de 2026