Desde que se tiene conciencia de qué es la igualdad, el momento de morir es lo único que realmente ha creado un instante en que todos somos iguales. El único, dicen, en que realmente estamos solos. La vida, por tanto, es un breve estado de conciencia que perderemos. Morir sólo cerrará la percepción de que somos nosotros, y hay razones para pensar que no tendremos una seguridad clara de que la conciencia nos abandona. Creo que esa será la última tregua que nos dará el cuerpo, nuestro último estado paliativo. Sin embargo, la idea de morir ha ido cambiando durante siglos y, aunque aceptar la muerte es inevitable, y existe una pensamiento oriental -también paliativo- que va en esa dirección, a medida que adquirimos una edad, la idea de la muerte es algo de lo que huimos, en lo que nunca pensamos. La muerte se está volviendo inaceptable, igual que la pobreza o la soledad, o el hecho de que unos sean inteligentes y otros torpes al nacer. O peor aún: que los inteligentes sean feos. ¿Por qué? Precisamente porque empezamos a no aceptar el igualitarismo. Aceptamos que no se dé en los impuestos, porque los privilegios son infinitamente más asumibles que la equidad, pero nos resulta difícil admitir que todos somos iguales, cuando lo justo sería que no lo fuéramos.
Con la muerte ocurre algo parecido. Por mucho dinero que muchos tengan, se comportan como el Nexus-6 de Blade Runner: entienden que tienen que morir, pero por qué ahora. ¿Por qué al final de la vida? ¿Por qué no hay algo que pueda demorar ese momento? ¿Por qué el momento en que nacemos no contiene la inmortalidad de todo el futuro que nos pertenece? El tiempo actual, es decir, la manera en que vivimos el poco tiempo que ese estado de conciencia que se llama vida nos concede, hace que obviemos a la muerte de tal forma que llegamos a olvidarla. Cada vez hay menos distancia hasta ese momento, sobre todo cuando entramos en una edad en la que muchos conocidos empiezan a morir, pero todo lo que nos rodea, incluida la maqueta del porvenir que destruimos y construimos todos los días, como Penélopes, actúa al margen del paso del tiempo. La muerte ya no es una finalidad, sino un obstáculo. La posteridad ya no existe, la que creamos con los hijos, con la obra, con lo que construimos o escribimos. Tampoco hay un más allá, sólo el pensamiento de que disponemos de un tiempo vicario, que ni siquiera es aprovechable, o que no podemos aprovechar más que el resto de los hombres, pues todo el que ha vivido imagina que podría haber vivido de una forma más plena.
La vida tiene actualmente poco valor, igual que la muerte. Algo ha barrido el humanismo en los últimos años. Algo ha hecho que sea la materia la que más se ha encarecido vitalmente, en lugar de las ideas, o los sentimientos. Acabamos de comenzar una época que nos convertirá en la civilización de imbéciles que Wells describió en La máquina del tiempo. Somos los eloi, gente que no sabe que hubo un pasado donde existió el conocimiento, y que sólo se fija en la fruta que crece en los árboles cuando tiene hambre. No podemos negarnos a morir y, sin embargo, lo estamos haciendo. Interiormente, lo hacemos. Lo hace nuestro miedo a no recibir la invitación a la fiesta que se celebra en el yate de un millonario, la vida, lleno de mujeres guapas y tipos interesantes. El privilegio consistirá no sólo en estar allí, sino en que habrá gente que se quedará en tierra.