La fama monosilábica

La admiración se extingue. Hace años la fama la concedía el aprecio de los demás. Ahora la única que puede alcanzarse la imponen los medios, con sus abismos propagandísticos. Antes se otorgaba a quienes avanzaban en una disciplina hasta alcanzar una especie de perfección. Admirábamos a los que llegaban a lugares sólo destinados a ellos. Admirábamos el camino que andaban y el lugar en el que clavaban su última bandera. Si era un escritor, admirábamos la forma en que nos mostraba el mundo en que vivíamos como si, hasta ese instante, hubiésemos sido los ciegos del concierto de San Ovidio. Si era un piloto de carreras, separábamos su habilidad en el circuito de la ventaja de tener el mejor coche. Si era un músico pop, admirábamos el modo en que su música escandía las sílabas de nuestras frases y nuestros pensamientos. Si un filósofo, apreciábamos que no fuera reconocido, porque en este país el reconocimiento tiene siempre algo de conmiseración.

            La fama ha cambiado. Se ha vuelto mesiánica. Ahora los famosos vienen al mundo con un destino marcado, como Cristo. La fama es una condición, no una conquista, o un proceso que acaba en algo conseguido con el esfuerzo. Se nace con algo único, y el famoso sólo tiene que dejar que las redes lo repitan. La admiración se ha vuelto una forma de envidia. Admiramos porque somos incapaces de librarnos de la injusticia que sentimos ante lo que otro tiene. ¿Y qué es lo que tiene? Cualquier rasgo que esté fuera de nuestro alcance, del que el famoso toma posesión al nacer, incluido el dinero. Nunca la inteligencia. Puede ser la belleza, una sonrisa, una forma de hablar, un trasero, unas piernas, los abdominales, el pelazo, la delgadez, la forma en que se exhibe en televisión, como si fuéramos los adoradores los que subimos al tenderete del mercado de esclavos… Se trata de una envidia monosilábica. Basta con explicarla con un ¡oh!. La herencia pone fuera del alcance del resto del mundo aquello que ellos tienen, y eso es lo que convierte a los famosos en creadores de contenido, en gente televisiva, en ‘TikTokers’, en sujetos para los que el mejor complemento es el silencio. Nadie era capaz de escribir lo que escribió Camus, por eso admirábamos a Camus, pero al menos podíamos intentar imitarlo. En cuando al cuerpo de Gisele Bundchen, o la sonrisa petrificada de Kylie Jenner, muchas sueñan con conseguirlos, pero resultaría más creíble que, tras un sueño intranquilo, despierten convertidas en monstruosos insectos.

            Alcanzar la fama ya no requiere nada original. La fama casi se ha vuelto un Cristo calvinista, que murió para salvar únicamente a los elegidos. Ahora la fama está predestinada. Nadie tiene que poner nada de su parte. La concede un público que tiene sus casas atiborradas de gente que sale de las pantallas, como si siempre fuera nochebuena. Es el populacho el que abraza esa fe de impedidos e ignorantes, una fe inversamente proporcional al número de libros que se tengan sobre la mesilla. Acabamos de celebrar el día del libro, pero eso no es óbice para que la gente vaya a comprar el que firma la poeta vestida con las mejores marcas, la que se echa la mejor sombra de ojos y que, en los momentos más lúgubres de la nada que nos rodea, lee por obligación a Megan Maxwell. Mafalda se ha vuelto demasiado conflictiva, demasiado insondable.

Publicado en el diario HOY el 25 de abril de 2026

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