Arreglar el mundo

El mundo empieza a abusar de nuestra paciencia. Suele ser así. La historia, desde que murió Keats, es una sucesión de momentos como el presente. Somos nosotros, sin embargo, los que hemos aceptado que el desprecio por la vida humana sirva para engrosar el patrimonio de los potentados. Con la guerra actual, los mercados son los únicos que ganan. El sistema económico es el único que se beneficia de que haya tal cantidad de muertos. Los paredones de fusilamiento se han vuelto la mejor inversión especulativa. Los dioses del Olimpo vuelven a gobernar el mundo, de la misma manera que el periodismo no va más allá de la mitología. Somos víctimas de los autócratas, pero su poder cuenta con nuestro voto. ¿Podemos pedir libertad, sin saber lo que es? Se repiten eslóganes, porque esto no requiere sacrificios. No requiere que renunciemos a Netflix, a comprar en Amazon, a desear un Tesla, a apostar en los Oscars, a lucir un iPhone como si fuera la piedra filosofal, a hablar con amigos que no son amigos, a través de Instagram o Meta, o a leer lo que no va a reforzar nuestras dudas, sino a darnos páginas que podamos masticar como si fueran hojas de coca.

Todavía no somos víctimas, pero acomodarnos quizá nos condene a datos estadísticos. Acomodarse es como parecer rico sin serlo, y quizá la llamada civilización sea eso: usar la Visa hasta que vengan a matarnos. ¿Cuál es la solución? Sólo existe una: volver a la cultura, aunque sea con otras formas, no a este concurso televisivo donde quien más vende menos dice. Cultura, en eso consiste saber lo que hay que hacer, y hacerlo. Quien ha leído siete libros en su vida no matará a su mujer, ni votará a una cabeza parlante, ni comprará acciones de NVIDIA, ni usará la inteligencia artificial, ni acosará a sus compañeros o a sus subordinadas, ni se suicidará. Puede que no sea feliz, pero al menos no será un esclavo. No obstante, adquirir cultura es laborioso, requiere una mínima inclinación que los poderes públicos podrían cultivar, pero nunca cultivan, porque no les conviene. Si fuera posible meter a Trump en una celda acolchada, someterlo a un periodo de aburrimiento bienintencionado y darle a leer ‘Zombi’, de Joyce Carol Oates, todos los problemas del mundo se acabarían. Lo mismo que si pudiéramos darle a leer a Jamenei ‘Alamut’, de Vladimir Bartol.

Arreglar el mundo sólo plantea un grave problema: la unanimidad. Ni siquiera nos ponemos de acuerdo en elegir entre la libertad o la opresión. Hace falta criterio para ser uno mismo y, sobre todo, para ser justo. Todavía recuerdo, aunque sin mucha nostalgia, cuando entraba en clase para hablar de ‘El extranjero’, de Camus, sin saber que ese personaje iba a ser quien gobernaría el orbe, y que aquella lectura estaba fraguando el presente de genocidas que no ven las diferencias entre el bien y el mal. Parece infantil, pero ahora hay que leer ‘El señor de los anillos’ para advertir tales diferencias. Empezamos a no saber si, cuando Ursula von Der Leyen dice que habrá que aceptar un mundo sin reglas, hemos de censurarla o comprar latas de conserva y papel higiénico. Conocemos de sobra lo que es el bien, pero nos han alistado en el ejército del Señor Oscuro. Quizá, si nos miramos al espejo, seamos los orcos.

Publicado en el diario HOY el 14 de marzo de 2026

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