Acaba de nacer la primera generación que va a vivir menos que la de sus padres. El progreso, ese Angelus Novus de Klee, sigue yendo de espaldas y abandonando muertos frente a él. Nos lleva en volandas, pero no sabemos hacia dónde. Ocurrió en la I Guerra Mundial, ocurrió en la Guerra Fría y está ocurriendo desde que empezamos a encomendar a las máquinas que nos hagan felices, o que lo sean por nosotros. Los productos ultraprocesados y el sedentarismo de las pantallas propiciarán que la longevidad dé marcha atrás, a pesar de los avances médicos. Los avances médicos están muy bien, pero hay que pagarlos. Ya no son como las vacunas, que se ponen gratis en los ambulatorios. Ahora, lo que salva vidas vale dinero, mucho dinero, así que sólo podremos aspirar a ser medio inmortales si lo consideramos un lujo y lo pagamos con nuestro capital, sobre todo si es un capital que otros no tienen. Se llama capitalismo. Las consecuencias de tal cambio de mentalidad parecen evidentes: esta nueva lucha por la vida no va a hacerse por uno mismo, sino contra los demás. Se incrementará el trasvase de lo social a lo privado que ya estamos observando. Cuanta más competencia se origine, el dinero cambia de manos con más rapidez. Reconquistaremos los modos aristocráticos y daremos un tinte de exclusividad a nuestro aislamiento y a nuestra ignorancia. Nada de revoluciones, nada de cambios. El movimiento que nos empuja desde hace años hacia adelante nos lleva a la más absoluta quietud.
Esa quietud, la de cada uno con la tajada que consiga, será el nuevo carpe diem, fundado en lo que jamás podrá legarse. Se acabaron los derechos colectivos, se acabaron las luchas por el bien común, o por el de las distintas colectividades. Vivir más supondrá que otros vivan menos. Hemos llegado al límite de lo que podemos consumir. Una distopía que, curiosamente, transcurre en 2022, y que he citado alguna vez anteriormente, la muestra la película Soylent Green (1973), traducida al castellano por Cuando el destino nos alcance, y dirigida por Richard Fleischer. Quizá lo que aparece en ese film sea el mundo al que nos dirigimos. Hace tiempo que acabamos con el pasado (pues tropezamos demasiadas veces en las mismas piedras), pero también hemos acabado con un futuro al que no podremos acceder, pues ya es inalcanzable. Nos quedará el presente. Es lo único que tenemos. Carpe diem. Está creciendo la primera generación que vivirá menos que sus padres, y es muy posible que esa evolución continúe hasta que tengan que renunciar al relevo generacional, o se desentiendan de él.
Se trata de una hipótesis, pero tenemos en la ventana por la que miramos todos los síntomas de esa existencia futura. Contiene el fin de lo transcendente, de lo importante, de lo profundo. No habrá tiempo de formarse para ser trascendente, importante o profundo, sólo lo habrá para sentir placer, el máximo que podamos. Será lo único que dará sentido a tener que morir. Antiguamente, la aristocracia era un conjunto de actitudes, dentro de poco será un conjunto de indiferencias, sobre todo hacia los demás, e incluirá un supremo desdén por dejar rastros en la vida. Ni siquiera el rastro de los hijos. Existe un estigma que caracteriza a los más poderosos líderes de la actualidad (Trump, Putin): piensan que el mundo acabará cuando ellos mueran. No ven nada más allá de sus vidas, ni creen que nadie merezca sobrevivir a ellos. Sospecho, con infinita tristeza, que dentro de no mucho tiempo todos seremos así.