La tristeza encubierta

Hace poco tuvimos noticias del llamado Blue monday, el día más triste del año, el día en que más tenemos que disimular que siempre estamos tristes. La fiesta de hiperactivos que define nuestra vida, como estar siempre en la calle, igual que cantautores cubanos, en realidad no dice lo que somos. El español parece un hombre alegre, aunque tenga muchos motivos para estar descontento. Pero la alegría es, para nosotros, un ejercicio espiritual, una especie de estado en el que no pensamos porque pensar obliga a comprar libros mejores que los de nos venden y a iniciar conversaciones sobre problemas verdaderos. El español parece alegre, pero ese júbilo consiste en encubrir una tristeza muy profunda, que raya en su forma de ser y le crea dificultades para demostrar que no es más feliz porque no se entrena. Las formas de encubrir esa tristeza son múltiples, como las bocas de las mujeres guapas: el fútbol, las cañas, la reciente idolatría de la comida, los programas donde gente que sólo sirve para comentar a Kierkegaard se pone a hacer recetas de chefs que manejan la vitrocerámica como los antiguos inquisidores el fuego extático de la hoguera.  Así compartimos la alegría con los demás, de una forma monocorde pero arrebatada, mirando un horizonte al que nunca llegamos.

            Encubrimos nuestras tristezas igual que nuestros sueños, porque declarar las aspiraciones parece que nos pone en desventaja, de modo que es mejor permanecer en silencio, o hablando a voces sobre temas que nunca alcancen el desencanto que nos produce La isla de las felaciones. Nuestra gran obra de arte ha sido la invención de una felicidad que es igual para todos, como aquella de Tolstoi. Si disimulamos que estamos tristes podemos intercambiar nuestra dicha con los demás, para no descubrir que también podemos intercambiar esa tristeza no declarada. Nos gustan las mismas canciones, plantamos los mismos geranios y vemos películas idénticas como si no hubiera disidencias. Ser español es eso: hacer cosas que no hay que discutir, en las que no hay que ponerse de acuerdo. Repetir como si se tratase de una decisión personal lo que otros hacen, o comprar lo que los políticos o las tendencias o las editoriales nos dicen que compremos. En eso nos parecemos a los alemanes. Hacer lo que nos mandan crea en nosotros un carácter.

            Encubrir, sin duda, es esencial. Por eso tapamos lo que nos preocupa, sobre todo en las redes sociales, pues sabemos que Musk y Zuckerberg pueden verlo desde el fondo del confesionario. Así que, en realidad, sólo enseñamos nuestra alegría, nuestro optimismo. Fotografiamos lo que comemos y lo subimos para que lo vean en el Tercer Mundo. También exhibimos los lugares que visitamos, para que los que fingen una alegría diferente nos envidien. Votamos igualmente para esconder nuestra decepción, aunque seguramente votemos al partido que menos alegría nos da. Estamos, como el gato de Roberto Carlos, tristes y azules, mientras esperamos nuestra latita gourmet como si después nos aguardara un brasero, o un sol y una terraza. Hemos llegado a esa perfección, la de no tener vida privada, que es la que produce penas. La que realmente vivimos nos lleva de un tablado a otro, de un escenario a otro aún más insospechado. De esa forma evitamos los grandes dramas, que son aquellos en los que la tristeza no aparece el tercer lunes de enero, sino todos los sábados del año.

Publicado en el diario HOY el 24 de enero de 2026

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