Volver a Conan

Los lectores de literatura fantástica aumentamos cada día de forma exponencial. Sin duda porque la realidad no nos gusta, o porque los libros que intentan reflejarla son absolutamente acríticos. La justicia está desapareciendo, como la cultura. Hace tiempo tomé una decisión: no indagar en la literatura de la experiencia, sino en la del conocimiento. No quiero saber qué le pasó al tipo que aceptó un trabajo que no le gustaba, en el que además resultó que su suegra era su jefa. Me interesan otras cosas. No sé por qué, se está renunciando al conocimiento, igual que a casi todas las situaciones que se salen de la rutina. Así que prefiero otros libros: la ciencia ficción, la fantasía. Son ellas las que siguen proponiendo los grandes enigmas, las que nos traen las preguntas esenciales, y hasta las experiencias que nos gustaría vivir. Recuerdo que siempre recomendaba a mis alumnos -a los que quisieran viajar lejos, por supuesto- un libro de H.P. Lovecraft que releo habitualmente. Para mí es una especie de vuelta a mis orígenes como lector: The dream-quest of unknown Kadath, que se tradujo en Alianza como “En busca de la ciudad del sol poniente”. Muy pocas veces una lectura me aleja tanto de donde vivo para acercarme tanto a lo que soy.

            Lovecraft era amigo del escritor al que quiero referirme: Robert E. Howard, creador de un personaje que nos ha llegado a través, sobre todo, del comic: Conan, el bárbaro. Conan es la muestra de un carácter que nunca vamos a encontrar a lo largo de nuestra vida, pero se vuelve completamente verosímil en el mundo que Howard creó para él. Conan es hipnótico, igual que lo es Alien, la figura de Giger que Ridley Scott convirtió, en la pantalla cinematográfica, en uno de los pocos seres que nos han producido terror. ¿Por qué? Quizá porque, sin explicarnos cómo, nos identificamos con ese monstruo casi antropomórfico. Forma parte de lo que estamos perdiendo. No tiene alma, igual que el propio hombre.

            Conan no ha perdido su frescura, pero hay que buscarlo en sus textos originales, en la literatura, no en el cómic. El cómic es industrial: lo que Conan significa desaparece detrás de los dibujos, del story-board. Quien quiera comprenderlo tiene que ir a su construcción artesanal, literaria, y os aseguro que puede comprenderse, igual que comprendemos a Julian Sorel, aunque Conan diga diez frases por cada aventura de cincuenta páginas que narra Howard, frases que casi siempre son las mismas. A menudo vuelvo a leer esos textos porque me curan de las imbecilidades de los periódicos, o de lo que le pasó al tipo que aceptó un trabajo que no le gustaba, y cuya suegra era la jefa. Conan es un personaje puro, en el que Howard creía. Para mí es suficiente. Empezó como personaje de pulp-fiction, pero sigue reeditándose porque a nadie le gusta la realidad ramplona y maniatada en que vivimos, con su Congreso y su Senado, su Tribunal Supremo y su Televisión. Ya no podemos ir a manifestaciones, porque manifestarse no sirve de nada, pero podemos tomar la espada de Conan para rescatar a la princesa Tiramis de la celda donde su doble, la malvada Salomé, la ha recluido para ofrecérsela a su cómplice Constantius . Y después nos vengamos de él, clavándolo en una cruz a merced de los buitres, como él hizo con Conan.  Nos queda el escapismo, igual que a don Quijote, por eso Conan, un personaje que mezcla de forma tan humana el desprecio y la justicia, nos representa tan fielmente. Conan es como el Capitán Trueno de Asfalto: siempre hace que gane el bueno, porque el mundo está al revés.

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