La nueva trata de esclavos

Estamos en un país donde sólo las grandes tragedias nos obligan a actualizar, siempre empeorándolo, nuestro sentido de la realidad. No obstante, existen tantas tragedias paralelas a las que aparecen en el telediario, la mayoría inadvertidas, que tendríamos que pensar que nada funciona, que los profesionales o los procedimientos que mueven el mundo han sido secuestrados y abandonados en un museo, o en un vertedero. En Francia, por ejemplo, una merma importante de la asignación presupuestaria destinada a la enseñanza pública ha bastado para que alumnos, padres y otros colectivos hayan salido a protestar. Habría que preguntarse si la violencia empleada ha tenido su origen en el carácter de los manifestantes o en las prioridades de los gobernantes. En España también hemos protestado, pero tales protestas la política las considera gremiales, y sigue ignorándolas. En Madrid, Ayuso les echa ‘zotal’ a los profesores, como si fueran ratas. No es que quiera acabar con la escuela porque sea pública, sino porque es escuela. Para ella, la verdadera escuela es la que ha educado a Vito Quiles.

Aquí hacer política se ha convertido en una nueva trata de esclavos. La libertad nos pone grilletes. La televisión forma ciudadanos imbéciles, la educación fabrica gente sin pasiones y la economía nos ordeña como animales de granja. Tanto el ciudadano dependiente como el que parece autosuficiente, por tener un trabajo, se ven sometidos, igual que en la época esclavista, a procesos, viajes y azares sobre los que no puede ejercer su voluntad. El esclavo depende de vicisitudes, hambres, naufragios o desgracias ante los que sólo puede someterse. Ya no existen discrepancias entre las dictaduras y las democracias. Ambos sistemas de control son tan parecidos que somos incapaces de establecer las diferencias entre lo que nos imponen y lo que podemos elegir.

Desde que llegamos al pupitre hasta que entramos en el último hospital, las estructuras que nos clasifican y etiquetan forman parte de un camino que transitamos de la mano de la libertad. Todo falso. Consumir, elegir un viaje, una película, aunque sea la que nos impone Hollywood, votar a un candidato, aunque sea el que apoya el periódico que leemos, enamorarnos, aunque sea de la que más se parece a Rosalía, o leer los libros que todo el mundo lee, porque la industria cultural dice que son impresionantes, forman parte de un comportamiento sin verdaderas opciones. Todo es un signo de obediencia. Las redes sociales, el mayor sistema totalitario que existe, sólo nos otorgan la libertad de pertenecer a ellas. Esa pertenencia nos convierte en esclavos exhibidos para que los que dictan las normas miren lo que hacemos tras cristales oscuros, sin que podamos verlos.

En un lugar en que el trabajo está siendo reemplazado por un ocio de correccional, en que la salud mental ha pasado a ser un privilegio, la enorme desigualdad marca las diferencias entre los que compran y los que pueden permitirse el lujo de venderse. El resto no existe. Ya no necesitamos que las novelas nos digan lo que somos, eso lo hace la IA. Francia, más allá de la violencia, nos ha leído otra novela donde quizá la verdadera furia sea la gubernamental. En España también nos ha tocado una política de Halloween, que maneja el dinero como si los trenes fueran maquinitas que atraviesan bosques tenebrosos. En realidad, los políticos invierten en una sociedad donde sólo merece el pan quien va al circo.

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