El problema de la libertad

Seguramente sea una percepción equivocada, pero a muchos nos parece que los lugares y momentos en que nos sentíamos libres disminuyen a medida que el mundo progresa. Disminuyen o desaparecen. La inseguridad no ha ido a menos, pero la libertad sí. Curioso. Cualquier pensamiento, cualquier acto soporta cada vez más la distinción entre lo correcto y lo incorrecto. No todo puede decirse o, al menos, no debe decirse. Lo que antes formaba parte de una libertad conquistada a base de expresiones propias, incluso anómalas, de una libertad que expresaba lo que uno era, ahora es algo encorsetado por lo que dicta una moral que aparece en el BOE, articulada en apartados y artículos. Nunca los derechos de todo el mundo han coartado tanto la libertad de todo el mundo. Es decir: nunca los derechos han ido anulando la libertad de la que se gozaba antes de conquistarlos. Y no se trata de una libertad que no respete los derechos de los demás, sino de una libertad pública deglutida por los derechos personales. Políticamente, los derechos de quien comete un delito parecen más inalienables que la libertad de sus víctimas, por ejemplo, en la violencia de género. Se aprobó la ley del menor, pero nadie la entiende. La última reforma educativa aboca a que muchos padres, representando los derechos de sus hijos, se enfrenten en los tribunales a sus profesores, encargados de mantener el derecho de esos hijos a pensar con libertad. Es decir, facilita que los derechos de los alumnos entren en conflicto con el sistema encargado de mantener y ampliar esa libertad: el sistema educativo.

            La contradicción no radica en ese concepto llamado “lo políticamente correcto”, sino en cómo lo hemos aceptado en la vida diaria. Hay todo un sistema -mediático, legal, político, económico- publicitando una disuasión que no deberíamos aceptar. Hasta el carnaval, que antiguamente suponía la inversión de la pirámide social (los ricos o los curas, o el emperador, que estaban arriba, cuando llegaba el carnaval sufrían las burlas de los villanos, y eran tratados como carne de lupanar). Ahora el carnaval se ha convertido en una fiesta en la que lo único que se busca es gastar más dinero en vestuario que los demás, en provocar una envidia de pequeñoburgueses. En el carnaval ya no se protesta, o se protesta con memes. La falta de libertad ha dejado de estar en las cárceles, y se ha instalado en nuestras mentes. No somos libres porque no queremos. La banca gana. Quizá el mayor exponente de ese derroche de derechos sea lo que ocurre en el ámbito de la libertad sexual. Se ha impuesto esa sexualidad binaria, o líquida que de pronto parece estar en todas partes. Se penaliza no el no respetarla, sino el no comprenderla.

            Justo en el momento en que no se esperan revoluciones, ni siquiera contestaciones, la esperanza desaparece en cada alma, porque ya somos incapaces de imaginarla. En ese momento aparece un elemento que acaba definitivamente con la creatividad humana: la inteligencia artificial. ¿Por qué ahora? Sin duda porque la IA es lo más parecido al hombre domesticado, al hombre (incluyo también a la mujer, sin duda más imaginativa) incapacitado para pensar en su futuro. Es esencial que tal aparición se produzca ahora, porque no tenemos la capacidad de negar, de oponernos. Oponerse es una muestra de desobediencia. Se trata del momento mejor elegido: empezamos a pensar que el individuo jamás podrá superar lo que hace la masa. La muerte del arte, de la originalidad. La muerte del hombre enfrentado al folio en blanco, al lienzo, al exterior día. Ahora todo eso lo hará, mediante un misericordioso corta y pega, una maquinita que sólo mira al pasado. A los grandes del pasado, mezclándolos con los pequeños. ¿Sentirá esa maquinita los arrebatos de la libertad? ¿Anidará entre sus cables el pájaro de la imaginación?

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