Desde que William Styron relacionó el infierno de Dante con la depresión, la actualidad parece uno de los grabados que Doré hizo de esos estados depresivos. Somos rostros sin rasgos en los mares petrificados que pisó Dante. Vivimos tras la máscara de las penalidades que nos regalan en los ministerios y las juntas de accionistas, como si fueran gafas para ver eclipses. En España todas las enfermedades son económicas, o patrióticas, o ideológicas. Lo que nos sume en la impotencia viene siempre de las altas esferas, de una política que no sólo no funciona, sino que confunde y ridiculiza. Frente a esos estados carenciales, los titulares nos enseñan rutilantes paraísos macroeconómicos. La bolsa gana, y el turismo enriquece a todos, dicen, aunque sea una tromba parecida a la de Nepal. Los que han tenido que irse a vivir a los extrarradios de las ciudades ven pasar esa ola desde las profundidades, con los pies metidos en un caldero de hormigón.
Los bancos, las energéticas, las eléctricas, las tecnológicas y, en general, la mafia del ocio aumenta sus balances cada año, mientras el cliente, el supuestamente favorecido por todos esos magnánimos consejos de administración, forma parte de un victimario. Nada de lucha de clases. Las pantallas no nos lo permiten. La IA ya piensa por nosotros. Los que aspiramos a tener una vida propia y, a ser posible, silenciosa, somos un estamento sin conciencia de tener ese derecho. También hemos perdido lo que teníamos en común como pobres trabajadores, consumidores, adeptos, fieles o exiliados del pensamiento que antes había en los libros de Erasmo o Bradbury. Hemos extirpado el pasado. Ya somos incapaces de tomarnos un tiempo para pensar en cómo escapar de esta situación, en cómo no aceptarla. La tele nos muestra paraísos en los que no podemos entrar, con la puerta abierta sólo a los ingleses y alemanes que veranean en Mallorca, o a los marroquíes que incordian en Ceuta.
Todo está preparado de esta forma, pero no sabemos por quién. La política ha dejado de existir, si perdona millones de euros a los CEOs de Iberdrola a cambio de mantener a la educación y la sanidad en una degradante parálisis. La cultura también habita en otros mundos, si el tiempo que nos tomábamos para leer un buen libro lo empleamos en conectarnos a una nada tras otra. Es posible que lo que ocurre no sea un invento de los tecno-déspotas de Silicon Valley, sino que refleje el espíritu humano. Esa es la pregunta del millón de dólares. Quizá el espíritu humano, el que escribió ‘El retrato de Dorian Gray’, se resista a practicar la igualdad, o a comprender las contradicciones en que vive. Puede que el puente que estamos cruzando, y que va a llevarnos a una esclavitud que pasará inadvertida, lo hayan construido otros. Si es así, les está saliendo bien. Volvemos de un verano extraño, lleno de incendios, riadas y terremotos, y llegamos a nuestras casas para enterarnos de que la política es un teatro de sombras, igual que la democracia, o que la economía. Sube la inflación originada por Trump y, para contenerla, el BCE incrementa los intereses del dinero que los pobres, los que nunca tienen culpa de nada, necesitan para vivir. Si el espíritu humano es el responsable de todo esto, hagámosle caso a Zuckerberg, que es el que mejor ha leído a Darwin: volvamos al mono. Comamos plátanos y obedezcamos a Tarzán.