Divina recesión

La ética puritana y Max Weber nos trajeron una nueva religión: la economía. Fue el único impulso al que nuestro nacionalcatolicismo no pudo resistirse: la religión perdió su maná caído del cielo y tuvo que aceptar la especulación como única forma de alimentarse. El trabajo honrado pasó a ser un atraso, y aún hoy lo es. La propia honradez pierde siempre el pulso contra la codicia. Por tanto, el mundo occidental, al completo, ha llegado a la conclusión de que la facilidad y el vacío hacen que vivamos mejor y, de hecho, son el mejor sustitutivo de la honestidad. En cualquier caso, hemos creado un sistema, el capitalismo, al que no podemos renunciar, hayamos leído a Marco Aurelio o no. Pero el capitalismo es de los poderosos, los que atacan a Irán y muestran su sorprendente decepción por que el estrecho de Ormuz esté cerrado, además de por que los palestinos mueran tan lentamente, pese a lo rápido que mueren. Todo totalitarismo es hiperactivo. El problema es que el comercio, los modos de enriquecerse y la celeridad con que hay que hacerlo tienen sus puntos flacos. La cuestión que se dirime en Irán es que un pequeño inconveniente regional impide la economía global. A EE. UU. se le ha metido una china en el zapato, china quizá en el sentido más literal.

            Pero no podemos crecer infinitamente, ni progresar hasta la destrucción. Quizá nuestro único recurso sea volver a la recesión que sufrimos en la pandemia: no adquirir lo innecesario, ni siquiera combustible, tomar el café en la propia cocina, leer, en lugar de ir al bingo, o invertir en bolsa. Los ciervos paseaban por las playas en las que antes sólo había sombrillas y gente con la barriga llena de arroz. Los jabalíes salían felices de las dehesas, aunque sólo encontraran papel higiénico en los contenedores. Llegamos entonces a la certeza de que la solución era dar marcha atrás no por un tiempo, sino para siempre. Recuperar la idea de que el mundo, pese a la existencia del hombre, podría conservar todas sus propiedades y repartir mejor sus riquezas. ¿Un sueño? Sin duda, el único sueño que nos salvará. No ambicionemos tenerlo todo. No aceptemos que el mundo entero se vea arrastrado por Trump, o Netanyahu, o Musk, o Putin, o Zuckerberg. No se conforman con la vida que tienen. Necesitan que todo acabe cuando ellos se vayan. Ese será el rastro de lo que han poseído.

            Algunos de los consejos que encontramos para tiempos de recesión, es decir, para tiempos en los que la tarjeta de crédito ha dejado de servir, serían sumamente válidos para el presente: reducir gastos, replantearnos los planes de futuro, actualizar proyectos a largo plazo, diseñar un progreso distinto, es decir, vivir como si tuviéramos hijos y un planeta que ha de seguir siendo su hogar. Entre Maquiavelo y Thoreau, seguimos optando por lo que dictan los de arriba, pese a que hace ya décadas que debíamos haber retomado una desobediencia civil contra lo que nos obliga a estar dos horas en el coche para llegar al trabajo, o contra la imbecilidad tecnológica en cuyas manos han puesto a la educación. Ahora parece que el orden lo ha inventado la IA. No, el orden lo inventan, en realidad, los hortelanos plantando lechugas. Necesitamos más lechugas y menos iPhones. Más libros, y menos comida fotografiada. Decisiones como esas nos librarían de los actuales matarifes.

Publicado en el diario HOY el 3 de abril de 2026

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