Alguna vez he comentado lo que supuso la publicación de “La historia interminable”, el libro de Michael Ende, en 1982. Lo leí sentado en los escalones de la Plaza Mayor de Cáceres, donde estudiaba Filología, durante una tarde y casi toda una noche cercanas al verano, bajo la luz de una farola. El libro, en aquel momento, pasó por ser literatura fantástica, es decir, un texto que utilizaba seres imaginarios para montar un reflejo, increíble para buena parte de los lectores, de la realidad. Pese a lo profético del argumento, todo quedó en una historia que se bastaba a sí misma: Fantasía, el imperio que regenta la Emperatriz Infantil, empieza a ser destruido por el avance de la Nada, en forma de negro desierto que se lo traga todo, y al que sólo un héroe, Atreyu, puede detener, en conexión con un niño normal y corriente, huérfano e imaginativo, llamado Bastián Baltasar Bux. Bastián ha robado el libro y lo lee en el altillo de su escuela, donde se ha quedado atrapado también durante la noche. Estoy seguro de que Ende, el autor, se arriesgó al pensar que su trama, con el tiempo, podría ser factible. Que una historia tan amenazadora pudiese convertirse en la historia de Europa parecía en aquellos tiempos impensable, aunque aquellos tiempos ya contuvieran indicios de que todo podía evolucionar así. Y, en efecto, así fue. El desierto avanza día a día en nuestras vidas y en nuestra cultura. Con una diferencia: no parece que vaya a surgir héroe alguno. Quizá estemos perdiendo el poder de que la esperanza tenga el mismo peso que el sufrimiento.
No echamos de menos la imaginación que hasta hace poco necesitábamos, y que aparecía en la lectura de historias extrañas, o en la existencia de simples sueños. Convivimos diariamente, sin darnos cuenta, con la Nada que amenazaba a Fantasía. En el año 82, Ende ya temió aquel apocalipsis de nuestras aspiraciones. Ahora sólo tememos lo que no produce dinero. La política es una hoguera de libros, y la cultura se ha vuelto un fondo de inversión. Hasta la vida privada, poco a poco y sin que reparemos en ello, deja atrás los sentimientos con los que vivíamos, así que hemos de ir a buscarlos a los best-sellers. La estupidez colectiva se ha vuelto un valor del que no dejan desprenderse a nadie. En realidad, es una forma de cobardía. Los que no la aceptan viven un exilio personal, a veces más caro que un apartamento con cocina americana. Esa alienación -término marxista- caracteriza también a los que nos gobiernan, nos sirven las tendencias y dicen por qué Groenlandia debe ser de Trump. Los sueños, como escenarios de la libertad, se han convertido en un verdadero lujo.
Quizá hasta podría pensarse que el interés que teníamos por descubrir verdades sobre el mundo, sobre quiénes son buenos y malos, ahora ha desaparecido. Somos escépticos hasta para creer que podríamos ser felices. No nos dan margen. Todo se lo come la Nada, incluidos los héroes justicieros, aunque prestados, que antaño estaban de nuestro lado. Ya nadie sabe el verdadero nombre de la Emperatriz Infantil, a pesar de que vivimos entre troles y nos persiguen los mismos lobos de siempre. El desierto avanza, mientras miramos el móvil. Somos como las máscaras de aquel cuadro de James Ensor, posando en carnaval junto al esqueleto descarnado de la muerte, al que creen otra máscara.
Publicado en el diario HOY el 17 de enero de 2026