Surgen voces que empiezan a plantear que la decadencia de la democracia es el producto del despotismo tecnológico, sin tener muy en cuenta que la tecnología, desde que irrumpió en nuestras vidas, es el medio, no el origen, ni el resultado de lo que está ocurriendo. La IA y su incursión en la enseñanza es sólo un modo de que la enseñanza no alcance aquello para lo que sirve, al menos aquella enseñanza poblada de referentes -el profesor, el pensador, el crítico, el intérprete- que cumplían su función. Ni siquiera los abuelos explican ya a sus nietos nada sobre la vida. Ni un consejo, ni una advertencia. El abuelo es una figura obsoleta: existen otros muchos entes sin alma que saben más que él. El juicioso conocimiento que suponían los abuelos no serviría ya para reemplazar la información que los fríos programas imprimen en el niño, y que poco a poco va configurando sus sueños y aspiraciones. El progreso que hemos elegido carece de lo que necesitamos para comprender la vida, a la persona, a la pareja, y eso que ahora comprender la vida sólo es colocarse en un lugar en el que no te utilicen. ¿Pero qué pasa con los sueños? Los sueños los produce el antidepresivo, no la pasión por llegar a ser algo que los demás vean y recuerden. También el recuerdo ha quedado desfasado, igual que el lenguaje. La línea de escritura, el renglón, es algo en lo que la sensibilidad juvenil no puede detenerse. Se necesita atención y tiempo para observar que la unión sintagmática de todas las palabras forma un sentido que puede que nos afecte, que tenga que ver con nosotros, los lectores, las personas. Un tiempo del que carecemos, porque se trata de un lugar batido, como las rocas del océano, por el oleaje de las imágenes.
La tecnología está cambiando no nuestra forma de ver el mundo. Cambia la sensibilidad, la percepción. La enfría, la aleja como una droga nos aleja del dolor. El progreso que hemos iniciado no tiene una puerta que podamos dejar entreabierta a los demás, que nos haga llamar a una ambulancia si vemos que alguien que espera en un semáforo se desmaya y cae al suelo. Lo mismo ocurre en las relaciones personales: sin palabras, sólo existe la pornografía, es decir, ese nuevo significado que ha adquirido la mujer -y su dignidad- ante la avalancha de lejanías en la que nos movemos. Los jóvenes que acceden a la educación ya no tienen una memoria poblada de libros, de silencio y quietud. Aceptan el teléfono móvil como si pudieran conectar sus nervios a lo que contiene. No necesitan recordar, porque están conectados perpetuamente a un banco de memoria. Quizá tampoco recordarán a sus padres o sus abuelos. Nuestro mundo está exento de posteridad. Si se piensa bien, es la única forma de no ver la misma piedra, de caer una y otra vez en los mismos errores.
Empezamos a pensar y vivir como enfermos crónicos. Somos repeticiones, estereotipos. Es lo que se pretendía. Piezas orgánicas, vidas sin recuerdos, llevados por una fuerza irresistible que nos conduce al consumo. Me atrevería a decir que estamos empezando a ensayar un memento mori que no contendrá el conjunto de la vida, ni siquiera los momentos más importantes, ni los parlamentos de personajes olvidados y emocionantes que nos han hablado desde los libros. Contendrá sólo cuidados paliativos que traerán al presente lo que no hemos hecho. Quizá ni siquiera eso. Quizá sólo el gran hueco de una memoria y la nostalgia de no haberla llenado.