Retorno a lo básico

En los últimos tiempos, en los que ya no hay casi nada -la cultura, el refinamiento, las ganas de saber- que cubra nuestra desnudez, hay un claro movimiento de vuelta hacia lo básico, aunque quizá sería más acertado decir hacia lo reptiliano. Es lo único a lo que no podemos renunciar. Es lo que nos hunde en el determinismo. Vamos redescubriendo, y reconquistando, todo aquello que la delicadeza, basada en las diferencias, en lo que nos distingue, nos quitó cuando poblábamos una sociedad en la que la cultura era importante. Entonces, lo más reconocido era el conocimiento, ir a la universidad, llegar a ser una mujer o un hombre que participara en los debates sobre el ser, y contribuyera a que en la cumbre de la montaña a la que llamábamos civilización cupiera más gente. Hasta hace veinte años, nuestra vida se representaba en un escenario con ese foro utópico de fondo. Ahora todo eso ha perdido valor, y hasta es despreciado. Ahora volvemos a lo básico: algo parecido a un último refugio. No defendemos lo que sabemos, lo que hemos conseguido, sino sólo lo que somos: racistas, machistas, colchoneros, intolerantes, merengues, xenófobos, asqueados, de aquí… Ahora ya no mostramos nuestra tolerancia por los demás, o nuestro desacuerdo con ciertas actitudes, porque eso nos impide estar hasta las narices de, o votar contra los putos rojos, o contra los Cayetanos, que son los que no pagan a Hacienda.

            Hemos bajado, por fin, a la caverna donde nacimos. Nos gusta uniformarnos, igual que aquellas tribus urbanas de los años 60 y 70: un atuendo acortaba el camino de varias conversaciones, quizá infinitas, para conocer al otro, para saber cómo era y qué matices aportaban sus opiniones sobre infinidad de temas. Sobre la vida, en realidad. Bastaba ir disfrazado de mod, o de rocker, para no tener que dar explicaciones: nuestro atuendo lo decía todo. Volvemos al mundo de Quadrophenia. Ahora se es influencer, hater, youtuber, tiktoker, se está hasta los cojones de esto o aquello, se odia a los negros, se niega el holocausto o se cree que la tierra es plana y que los árboles van a vivir siempre, aunque los chinos, los indios y los de Detroit sigan fumando dióxido de carbono. Nos definimos con nuestros odios, o con nuestras imbecilidades. Así no hay que iniciar debates ni conversaciones. Los grandes ejemplos de esta tendencia que se está volviendo viral, es decir, que no se la puede combatir con antibióticos, son los votantes de Trump, los que invadieron el Congreso y a los que Trump tuvo que perdonar por decreto para que las praderas donde los Sioux cabalgaban no se despoblaran de bisontes. Ecologismo puro.

            Ahora los que mejor nos retratan son los Hermanos Macana, aquellos personajes de los Autos Locos. Eran los que menos personalidad tenían, pero también los más simpáticos, con sus porras y su techo de Altamira encima de las cabezas. Volvemos al viejo determinismo del que nos sacó la cultura a partir de la fundación del amor cortés y, después, del racionalismo y también del romanticismo. Entramos, por tanto, en la era de la nostalgia y la barbarie. Todos los finales de siglo se parecen, decía Baudelaire. También los principios de siglo. En los albores del XX, antes justo de 1914, se crearon las bases de todo lo que vino después. A comienzo del presente siglo estamos creando, igualmente, el futuro que nos espera: más guerras, más necesidad de espacio vital y una nueva forma de no tener nada que decir, no porque no tengamos ninguna convicción, sino porque toda convicción empieza a ser inútil. Además -y esto es lo peor-, jamás volveremos a ganar Eurovisión.

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