Trump, filósofo

Los aranceles que quiere imponer Trump a todo el mundo, incluidos los pingüinos de las islas Heard y MacDonald, no son impuestos económicos. Corresponden más bien a un estado de conciencia, un valor metafísico que nos acerca -ya era hora, en esta sociedad falsamente frívola y opulenta- a aquella tabla de cuatro o cinco mandamientos que gustaba a los estoicos. Trump no es un economista, sino un filósofo que ha sido condenado a pensar en términos crematísticos. Entiende perfectamente que vivir es pagar, y le gusta la globalización, porque es el único modo de mantener caliente el agua de la bañera, en cuyo borde hemos colocado el escalpelo. América se convierte así, si no lo ha sido siempre, en un catalizador del estado moral. ¿Aranceles? ¿Acaso no los pagamos desde que nacemos? ¿Acaso el bautismo no es un arancel? ¿Y los problemas de la adolescencia? ¿Y el precio de los alquileres, cuando quieres convertirte en un hombre con responsabilidades’ ¿Acaso las propias responsabilidades no son aranceles? ¿Y los hijos? ¿Y el aire acondicionado? Nuestra lista de imposiciones e impuestos es interminable, sobre todo si pertenecemos a la clase media, que transita por un paso escondido entre dos montañas donde acechan Scila y Caribdis. En realidad, la clase media es un Dorian Grey, porque los pobres no aprovechan las oportunidades de la vida, y los ricachones tampoco, ya que lo heredan todo.

            Los impuestos, las rentas del trabajo, del consumo, los impuestos oficiales por comprar una casa, por venderla, por tenerla, por mantenerla, por vivir en ella, por tener posesiones que normalmente no se merecen, porque uno sólo merece la muerte, o la vida bajo la mirada de rentistas e inspectores de Hacienda. Pagamos impuestos por respirar, en realidad, y hasta respirar es una obligación, porque la ley de eutanasia que tenemos es otro arancel. El reggaetón y los programas televisivos son enormes aranceles, absolutamente desproporcionados e inmerecidos. Pero ya el merecimiento es algo que se nos escapa de las manos. No merecemos ningún descanso, ninguna tregua en estas sociedades del bienestar, lo único que merecemos es esa vida de gélidas turbamultas que aparecían en Matrix, aquella película en la que las máquinas -o el Estado, o los bancos- utilizaban a los hombres como pilas.

            Trump ha entendido muy bien este estoicismo. El hombre es un sacrificio viviente. Los ricos también lloran. Ahora se agarran a las fluctuaciones de la bolsa, porque los patanes del medio oeste han votado a Trump para que gobierne no a América, sino al mundo. Los bisontes, los ciclones, el parque de Yellowstone, los padres de Clark Kent lo han votado porque hay que poner orden, firmar decretos y colocarle a la democracia los dos óbolos en los ojos. ¿Aranceles? ¿Alguien conoce algo que no lo sea? Vivir es pagar para que Putin no te invada, para guardar silencio por lo que ocurre en Gaza, para desmontar todo aquello que pensamos contra el progreso. Trump es el embajador del mundo cuántico que nos espera, donde todo puede ser bueno y malo a la vez, pues eso sólo depende de en qué partido estés, del dinero que tengas, de la cantidad de aranceles que pagues. Ya lo decía Lou Reed, cuando paseaba por el lado salvaje de la vida: Everybody had tu pay and pay. Trump, Netanyahu y Putin son los tres reyes magos, con ellos llega el mundo tal como es, no el que las democracias tenían escondido en la cajita rosa y transparente de la muñeca Barbie.

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