Vivir sin trabajar

Se aprobó por fin la ley que incrementa la paga de los pensionistas según el IPC, aunque todos los partidos hayan hecho trampas en el solitario, así cada uno pone en evidencia lo inconfesable de los demás, para que el electorado lo vea y empiece a sacar conclusiones, como si el electorado leyese a Descartes. Los políticos – es decir, los empresarios – siempre han pensado que subir las pensiones tiene un peligro no para la economía, sino para la mentalidad de un país, porque subiéndolas crean un precedente inasumible: que el asalariado sea tan capaz de vivir sin trabajar como los ricachones. Las fronteras del capitalismo se borran, como si ricos y pobres tuvieran las mismas contraseñas. Y, de hecho, el que se jubila y empieza a cobrar una pensión sufre una metamorfosis que le atribuye lo mejor del sindicalista y lo peor del potentado. Él mismo comienza a creer aquello que León Bloy dijo de los funcionarios: “que no tienen nada, pero lo tienen para toda la vida”. Empiezan a vivir sin trabajar, igual que los virus, o las bacterias, o los que aparecen en las fotos de Annie Leibovitz.

            El jubilado es una persona que ya no vive de sus brazos, sino de sus preocupaciones. ¿Otro tipo de alienación marxista? Teme siempre perder el poder adquisitivo, y sobre todo teme que lo traten de manera distinta a los que trabajan. Ya no trabaja, pero ha trabajado, y mucho. Lo único que hace el Gobierno es devolverle, hasta que la extremaunción se las arrebata, las deducciones que le aplicó durante su vida laboral. Quizá no es justa la cantidad que le dan de pensión, pero sí el derecho a percibirla. Sin embargo, la política -y hay que recalcar que el pensionista es un conservador, sólo vota a los que dejan las cosas como están- termina por convertir su situación en vergonzosa, porque percibir su paga depende de los que trabajan actualmente, mientras ellos se dedican a la contemplación flemática de los pisos en obras y los precios del supermercado. Sus derechos quedan suspendidos en un limbo que hace de él un holandés errante por los mares del mundo. Al final todo se resume en apostar lexatines al dominó, como si el que gana durmiese por todos los demás.

            Hay, por tanto, una culpabilidad extraña en dejar de mover las manos y poner la cabeza en “stand by”. Más que culpa es una especie de desconexión con las obligaciones que uno ha tenido durante toda la vida. Uno siente un vacío que roza el entusiasmo, porque sabe que tras la jubilación sólo quedan dos caminos: la muerte o la felicidad absoluta. La mayoría prefiere la felicidad, porque si no perdería dinero, así que trata de recuperar viejos pasatiempos, para meterse en ellos como si fueran la caja fuerte de Tío Gilito. Poco a poco el pensionista se olvida de que el mundo gira, de que cumple años, de que la televisión sólo encanta a los tontos. Internet se vuelve impracticable, de modo que empieza a vivir en un mundo desde el que mira el que ha dejado atrás por un calidoscopio, hasta que empieza a compadecer a aquellos que no tienen edad para prescindir de la jornada laboral. Por fin es feliz, como Mastroiani en sus películas. Todo es perfecto, todo suena como un vinilo, hasta que el jodido IPC no sube lo que debería subir.

Publicado en el diario HOY el 7 de febrero de 2026

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